Y además, Cataluña


La quiebra del bipartidismo con la victoria -otra vez no urbana- de los populares y la derrota global de los socialistas, me impide compartir la alegre comparanza de Feijoo mirando a los otros Partidos Populares y a Besteiro y Pepe Blanco, y a la vez realizar esa suma política imposible en la izquierda -mucho más que la del frustrado bipartito-, tal como hicieron en busca de consuelo esos líderes socialistas gallegos en la noche electoral.

No sé si lo vaticinios de algunos sobre el futuro de Podemos acabarán por cumplirse, o si pudiera ser una expresión de jóvenes y menos jóvenes que han decidido incorporarse a la política institucional con esfuerzo y determinación. A la espera de tiempos por venir, me inclino más por ver en ello la rebelión de los humildes en interpretación de Fernando Salgado, o aquel vaticinio de Fernanda Tabarés en YES, dejemos paso a los cansados, para escuchar a los que vienen, de menos años y diferentes.

Pero todo ello no impide que el adiós de Alfredo Pérez Rubalcaba, un político con partido prestado aunque de su partido, abra preocupantes interrogantes sobre uno de los ejes de la política española y sobre la posibilidad de consensos, a mi modo de ver, imprescindibles.

Los socialistas no encuentran camino, ni líderes territoriales fiables, y si grave ha sido ello por las políticas conservadoras y de austeridad desarrolladas en estos años por los gobiernos populares, su última derrota ciega acuerdos de Estado, y muy particularmente aquellos relativos a la estructura del Estado y a las medidas anticrisis. También a la reforma de los partidos y a la limpieza de la corrupción, propia y social.

Cataluña hoy es la suma de antiguos errores, y no todos limitados por la Constitución, sino políticos, como señaló aquí el profesor Meilán. Y de errores recientes, desde el recurso al Constitucional de los populares hasta el progresivo desmadejamiento del PSC luego de los gobiernos tripartitos, o la ensimismada dejadez de Rajoy en este tiempo.

Sucede que el soberanismo y los partidos que lo reclaman son hoy mayoritarios en unas elecciones europeas, que si bien tienen una menor participación de los ciudadanos, evidencian que tanto populares como socialistas pasan a ser actores secundarios en la sociedad catalana. Lo que para el PP es grave tropiezo, para el PSC es una debacle. Cinco años antes los socialistas obtenían el 40 % de los votos también en europeas. Ahora apenas un 14 %, sin proyecto de futuro y sucesivos abandonos y escisiones como la anunciada por los críticos de Monserrat Turá.

Se va Alfredo, y con él las capacidades de un buen gobernante. Queda, mancornado, un Partido Socialista que entre juegos, zancadillas, estrategias internas y malas políticas, abandonó a sus votantes. Y queda un Partido Popular escuálido, y consentidor también de sus errores, a pesar del alivio electoral dado por la irrupción de Podemos, en el que Rajoy añorará la herencia socialista y la oportunidad ya lejana de tejer consensos. También con Cataluña.

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