El problema demográfico más lacerante


Es frecuente encontrarse con páginas de información, debates o manifestaciones sobre los pros y los contras del control de natalidad y, singularmente, el derecho al aborto. También es muy frecuente escuchar que en Galicia tenemos un gravísimo problema demográfico derivado de una escasa natalidad que está provocando un descenso continuo de nuestra población.

Sin restar importancia a estos problemas, más por lo que tienen de síntomas que por sí mismos, hoy nuestro más grave problema demográfico se plantea justo en el extremo opuesto de la pirámide población. No en los que nacen, cómo nacen o cuántos nacen sino en la población más envejecida.

La sociedad española, y la gallega muy en particular, ha transitado de una amplia familia rural en la que convivían durante toda su vida varias generaciones (en un intrincado sistema de ayudas mutuas y de comunidad de bienes) a una sociedad que a menudo coloca en situación de extrema soledad a ancianos que no están, bien por falta de recursos bien por falta de capacidades, en condiciones de valerse por sí mismos.

El resultado más dramático, y poco aireado, de semejante mutación social son esas 200 personas que cada año mueren en Galicia sin que nadie esté al corriente de su situación. Personas que fallecen sin que nadie repare en ello. Solo a posteriori, en no pocas ocasiones varios días después, los servicios de patología forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia acusan testimonio. Siempre habrá alguien que sostenga que la solución a este drama lacerante no son los internamientos involuntarios de las personas que se encuentren en situación de riesgo de que esto les suceda, incluso habrá quién demagógicamente indique que no sería el primer anciano que se suicida al ingresar en una residencia pública contra su presunta voluntad.

Aún así, creo que toda persona mayor en situación de aislamiento social grave debe contar con un seguimiento detallado y riguroso por parte de los servicios sociales correspondientes. Un seguimiento en el que esa persona declare, si está en condiciones de hacerlo, cual es su voluntad y cuales son sus carencias. Y que estas se resuelvan de acuerdo con aquella. Independientemente de si cuenta o no con recursos económicos.

Ni estos servicios asistenciales, ni los centros de día, ni las residencias públicas de que disponemos pueden ser insuficientes para cubrir decentemente estos riesgos. Eso no es de recibo en un país que se permite tener una Cidade da Cultura, grandiosos estadios de fútbol municipales, líneas ferroviarias de alta velocidad y que presume de la mayor multinacional mundial de la moda. Si a pesar de esas chucherías se nos mueren así doscientos mayores, sin que nadie esté al tanto de su situación, es que muy mal estamos haciendo las cosas. Todos.

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