Desigualdad y sociedad de mercado


En un muy recomendable libro del año 2009: Desigualdad, un análisis de la infelicidad colectiva (editorial Turner) un economista y una antropóloga analizaban, tanto para Europa como para los Estados Unidos, la relación poco virtuosa que la desigualdad social tiene con la vida comunitaria, las drogas, la salud, la esperanza de vida, la obesidad, el rendimiento académico, las madres adolescentes, la violencia, las cárceles o la desigualdad de oportunidades.

Todos estos efectos colaterales serían los costes de la desigualdad. Porque, según su pormenorizado análisis, todos esos problemas sociales suelen ser menos frecuentes en los países más igualitarios.

En un libro no menos recomendable del año 2013, Lo que el dinero no puede comprar (editorial Debate), un prestigioso politólogo nos avisaba, con numerosos ejemplos, de cómo una sociedad en la que a cada paso más cosas tienen un precio (con lo que se pasaría de la economía de mercado a la sociedad de mercado) la herida de la desigualdad se acrecienta porque en ella el dinero (más escaso para los menos ricos) adquiere a cada paso más importancia. Desde para residir legalmente en un país, a entrar en una universidad, sufrir o no la publicidad o tener hijos.

En España hemos pasado en los cinco años que han transcurrido del 2007 al 2012 de tener una ligera mayor desigualdad que la media europea a empeorar y multiplicar por cuatro nuestro diferencial. Somos a día de hoy los campeones de la desigualdad en la Unión Europea (por encima de países como Rumanía o Grecia). En estas circunstancias, lo insólito es la escasa conflictividad social en la que afortunadamente vivimos, dados los costes sociales y las heridas que esa creciente desigualdad está generando. Pues sociedades con menos desigualdad generaron respuestas más conflictivas a su situación.

Estas últimas semanas un coro mundial de monaguillos, que prefieren -sin duda- la injusticia al desorden, la han emprendido con un reciente libro de un autor francés titulado El Capital en el siglo XXI. A juicio de aquellos, el libro sostiene la errónea conclusión de que esto de la desigualdad va en la esencia de la economía de mercado, convirtiéndose en un riesgo para la sociedad. Y por eso lo descalifican como marxista, antisistema en la neolengua actual, por reclamar que el Estado actúe para reducir la desigualdad. Aunque como dijo hace un par de años el presidente estadounidense Barack Obama, hablando de los impuestos que deben pagar los muy ricos y de aplicar rebajas a la fiscalidad de los menos ricos en el Congreso de Estados Unidos: «Usted puede referirse a esto como una lucha de clases, sin embargo la mayoría de los estadounidenses lo llamarían sentido común».

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