¡Catalunya es més que Espanya!


«La UE correría tras nosotros si no nos interesara formar parte de ella»: esas palabras, referidas a Cataluña, no han sido pronunciadas por un piernas o un profesional de la política capaz de decir cualquier sandez por quedar bien con la autoridad competente, por supuesto partidista. No, la frase, indicativa de una soberbia territorial que se califica por sí sola, es de Josep Maria Terricabras, candidato de ERC a las elecciones europeas.

Terricabras es un prestigioso filósofo, de excelente formación y larga trayectoria como investigador y profesor. Es, por tanto, un destacado miembro de esa intelligentsia nacionalista catalana que ha convertido en combustible político la idea, creciente en las provincias del Principado, de que Cataluña es mejor que el resto del país: más rica, culta, cosmopolita, universal y cualquier otra cosa que al lector pueda ocurrírsele.

Tal es la idea que hoy se expresa en el lema de que el Barça es més que un club, en la despectiva frase del «café para todos» referida a la generalización a los demás de lo que Cataluña pedía para sí, o en esa reciente boutade de Artur Mas, cuando proclamó, con su impudicia habitual, que Barcelona es «la marca territorial más potente que tiene ahora España». Y es, también, la idea que late en las trolas antiespañolas sobre las que el catalanismo ha inventado una supuesta historia nacional: por ejemplo, la de que los decretos de Nueva Planta marcaron la decadencia de Cataluña, cuando cualquier persona bien informada sabe que sucedió justamente lo contrario: que, tras 1715, Cataluña, y sobre todo Barcelona, experimentaron un notable proceso de crecimiento demográfico, económico y social.

Las rivalidades territoriales son habituales en cualquier parte del mundo. Pero, cuando se pasan por la trituradora de los nacionalismos, se convierten en algo muy distinto, más peligroso y de resultados insufribles. Yo, como millones de españoles, siento admiración por Cataluña y los catalanes, que estaban antes, como otros muchos pueblos, orgullosos de serlo.

El nacionalismo ha convertido, sin embargo, en grandes sectores de la población catalana, ese noble sentimiento de pertenencia regional en un tan injustificado como insoportable sentimiento de superioridad sobre el resto de España y de los españoles, supuestos culpables de todo lo que va mal en Cataluña, males de los que nacionalistas que llevan gobernando la Comunidad más de tres décadas no serían para nada responsables.

El tradicional aprecio de los catalanes por su tierra era entendido en España de forma generalizada. El actual y muy amplio complejo de superioridad sobre el resto del país solo genera, lógicamente, antipatía, desconfianza y malos sentimientos hacia quienes han decidido, por su cuenta, que son mejores que todos los demás.

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