Niñas secuestradas en Nigeria


Periódicamente, los occidentales -individuos de orden, civilizados, bien peinados, estómagos satisfechos- necesitamos una catarsis. Un proceso de purificación ritual que, además de limpiarnos de polvo y paja, reafirme nuestra ubicación en el bando de los buenos. Para ello, acudimos al bien surtido museo de los horrores, colocamos en el escaparate mediático alguna atrocidad que revuelva las tripas a las gentes y, señalándola con el índice acusatorio, proclamamos a los cuatro vientos: «He ahí lo que nos separa de los salvajes; demos gracias al Dios verdadero, y adicionalmente a nuestros césares de la tierra, por habernos hecho blancos, católicos y sentimentales».

Después, rematada la ceremonia, ya se sabe: apagamos los focos hasta la próxima función, aplacamos la indignación y dejamos que la historia universal de la infamia siga su curso. ¿Qué se apuestan ustedes a que este será el desenlace del secuestro de 276 niñas nigerianas por la milicia salafista Boko Haram? Quiero decir: las jóvenes serán rescatadas o asesinadas, esclavizadas sexualmente o liberadas por el Ejército, pero en cualquier caso las relegaremos en un santiamén al desván del olvido. A ellas y a sus circunstancias, a su país desangrado por la guerra civil con tintes religiosos, al África entera. Hasta que precisemos otra catarsis.

Pasaremos la página una vez cumplido un doble propósito: exculparnos de responsabilidades en la agonía del continente africano y desterrar todo escrúpulo que nos cause desasosiego. Solo hay un culpable: el fanatismo islámico. Los demás, desde la huella de la bota colonialista hasta los militares del presidente Goodluck Jonathan, somos tan impolutamente inocentes como las niñas raptadas. Lo expresó a la perfección la esposa de Obama: «En estas niñas, Barack y yo vemos a nuestras hijas». Y puesto que todos queremos lo mejor para nuestros hijos, la confesión de la primera dama nos exonera de toda culpa. Cualquier sospecha al respecto ofende.

Somos seres angelicales indignados ante la visión de la maldad absoluta. Ahí radica la tragedia de África. El terrorismo nada tiene que ver con los intereses geoestratégicos de las grandes potencias. Ni con el petróleo nigeriano (¿alguien recuerda los crímenes perpetrados por la Shell Oil en los noventa?). Ni con las atrocidades militares denunciadas por Amnistía Internacional. Ni con el intercambio desigual que arroja al continente africano a la cuneta de la globalización. Ni con el tráfico de armas. Ni con los fanatismos religiosos que reemplazan a los movimientos de emancipación.

Todo eso no son sino pamplinas y ganas de enredar del rojerío. Una forma de sabotaje en la lucha contra el imperio del mal.

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