Se aproxima el dilema. ¿Qué votar? Nunca la pregunta pareció tan difícil de contestar. Las reacciones de los ciudadanos quemados a las europeas van a ser tan impredecibles como un partido de colosos entre el Bayern y el Real Madrid. Primero, Europa, más desprestigiada que nunca (pena de ilusión). Un desprestigio ganado a pulso por su comportamiento de tortuga, por amparar los desastres económicos, por dar la sensación de que los eurodiputados son una casta que siempre mira hacia otro lado. Y, después, los que se presentan. Los partidos. Tanto los de toda la vida como los que florecen ahora al amparo del naufragio. Los de toda la vida quieren mantener su estatus. Los que florecen buscan votantes cabreados para lograr su estatus. Al PP, ¿por qué se le va a votar? Por piedad, en resumen rápido de sus siglas. Al PSOE, ¿por el obrero también de sus siglas? Los dos grandes lo tienen crudo y negro, como el petróleo. Los demás tampoco inspiran mucha confianza. ¿No votar? Es como pasar. Es como decir: a mí me da igual tirios que troyanos. Pero lo único que une hoy a Europa es la ineficacia y la música de la Champions.