La necesaria y difícil convivencia


Estamos hechos para convivir. Forma parte de la naturaleza humana. Así lo acreditaron filósofos fundadores de nuestra cultura occidental. Que no es fácil lo demuestra la historia de la humanidad y acreditan sucesos de nuestros días. La violencia es su mayor obstáculo, cuya versión extrema es la confrontación bélica. Un vistazo al mundo actual no proporciona motivos para estar orgullosos. Por citar algunos, los enfrentamientos en Siria han pasado al nivel de lo rutinario, aunque la liberación de unos periodistas nos despierta de la rutina; por enésima vez han fracasado las conversaciones de paz entre israelíes y palestinos; Venezuela es escenario de una división ciudadana donde el poder manipula el derecho contra la libertad. Sucede además que la violencia genera violencia. En Ucrania un comportamiento violento en la plaza principal de Kiev para terminar con un Gobierno ha suministrado arsenal dialéctico para reacciones análogas en Crimea y en el este del país, con repercusiones internacionales y riesgo de guerra civil. Cuánta violencia en Irlanda del Norte rememora la sorprendente detención de Gerry Adams.

¿Cómo va la convivencia en nuestro país? En el fondo de la deriva nacionalista catalana lo que se plantea es el no querer vivir juntos con los demás españoles. Convendría no pretender obviar esa pretensión con cálculos económicos de lo poco que beneficiaría la separación. No conviene perder la cabeza, pero tampoco menospreciar el corazón. Como cuando se plantea una ruptura, que siempre es dramática si no hay superficialidad. Lo atractivo del derecho a decidir disminuye cuando encubre un simple interés, con facilidad calificable de egoísta, y manifiesta el incumplimiento injustificado de la palabra comprometida por el pueblo catalán al aprobar por una muy amplia mayoría la Constitución, frívolamente devaluada en ocasiones por personas que son contrarias al secesionismo.

La convivencia implica tener algo en común dentro de la diversidad. «Cada uno es como Dios lo hizo y aún peor muchas veces», se dice en el Quijote. La ruptura, violenta o pacífica, es el suceso extremo. Pero la convivencia puede hacerse más fácil o más difícil según las actitudes de los actores. No se puede vivir continuamente y en todo en el consenso político; pero el pluralismo debe evitar que se emponzoñe o se gangrene la convivencia. Los partidos políticos tienen abundante materia para pensar. Su modo de proceder y el de sus representantes tienen que ver con la desafección de los ciudadanos. El legítimo interés electoral por que triunfe una idea acerca de lo que se entiende como lo mejor para el país encubre con frecuencia beneficios personales. El adversario político es un enemigo. Solo cuenta el amigo. No importa que no sea el más cualificado para la función. Se acuña en las personas el sello antidemocrático de una discriminación. Se calientan las bocas, toscas «espadas, como labios». Todo eso hace difícil la necesaria convivencia.

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