¿Es pecado pactar los presupuestos de Vigo?


Alguien dirá que la moral y la política juegan en planos distintos, y que no tiene sentido hablar de «pecado» para analizar el pacto PSOE-PP sobre los presupuestos de Vigo. Pero es evidente que no fui yo el primero en meterme en este berenjenal, ya que, tratándose del acuerdo más lógico que se ha celebrado en Vigo desde 1979, que implica a dos partidos que pasan por ser gemelos univitelinos -¡PSOE-PP a mesma cousa é!-, no parece que haya ninguna objeción política a esta coyunda, y todo apunta a que la aversión que ha generado en el BNG solo puede deberse a que la consideran una acción contra natura, que es lo que en la tradición judeocristiana se conoce como pecado.

Pero la misma lógica que hace que las elecciones europeas estén caracterizadas por una confrontación entre dos mundos, en la que una nube de partidos indignados, soberanistas, antisistema, recentralizadores, euroescépticos, confederales, populistas y extremistas combaten al unísono al PSOE y al PP, nos obliga a entender que el pacto de Vigo es pura coherencia, y que el cabreo del BNG solo se fundamenta en razones ultraterrenas -incomprensibles para los mortales- que convierten el consenso en grave sacrilegio.

Lo que hay que explicar, creo yo, no es por qué se hace ahora este pacto, sino por qué no se hizo antes, y por qué se dejó asentar la impresión de que el nacionalismo soberanista y aliado con Bildu, que tiene 3 concejales de un total de 27, es esencial para gobernar la mayor ciudad de Galicia, para definir su carácter, y para hacer que el alcalde de Vigo sea, en vez de una pieza esencial de la gobernabilidad de Galicia, una especie de anacoreta endiosado, que trata de romper su aislamiento a base de localismo decimonónico y viguismo celtibérico.

Al BNG, como es obvio, no le gusta acercarse a la nueva tanda de elecciones -europeas, municipales y generales- al borde de la insignificancia, ni con la perspectiva de que para hacerle escraches al PP y al PSOE funciona AGE mucho mejor. Al PSOE tampoco le gustaba reconocer la naturalidad política de una grossen coalitionen circunscrita al municipio de Vigo, porque lo que hubiese sido genial para gobernar le habría dado la alcaldía al PP. Y a este no le interesaba hacer oposición seria, ni ocupar su plaza en la dirección de la ciudad, porque siempre creyó que el BNG sería la tumba de Caballero, que no habría populismo ni viguismo que lo salvara, y que volverían a contar con la mayoría absoluta que tanto ansían.

La lógica de los tiempos apunta formas que pueden extenderse desde Vigo a otras instancias. Y eso no les gusta nada a los que piensan que el ataque al sistema debe hacerse en masa, mientras su defensa se afronta desde una confrontación suicida entre los grandes. Pero las cosas, cuando se presiona sobre ellas de forma excesiva, acaban cambiando.

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