La izquierda ha de ser libertad


El día que la izquierda española reconstruya su santoral deberá hacerle un hueco a Enrique Fuentes Quintana; padre de los Pactos de la Moncloa y vicepresidente económico de Adolfo Suárez. Diseñó, para España, una agenda modernizadora sustentada en los trazos gruesos de las líneas de consenso. Felipe González lo entendió perfectamente y decidió ejecutarla hasta el agotamiento y así hubiera seguido si la corrupción no le hubiera roto su acción de gobierno. Pero los sinvergüenzas que crecieron a la sombra de González hicieron algo más que provocar la alternancia política; le pasaron el testigo de la modernización al Partido Popular, que no tardó más de un segundo en desplazar su cuerpo ideológico hacia el centro político ¿Quién no recuerda la primera legislatura de Aznar? Una de las mejores de la democracia española.

La igualdad y el sector público se transformaron en los iconos de una izquierda sin agenda reformista. La defensa de lo público la convirtieron en un fin en lugar de en un medio y a la igualdad en un elemento sagrado. Movimientos que no hubieran estado mal si no fuera porque dejaron sin espacio a lo más importante de este país, al ciudadano. Las sociedades, a medida que crecen económicamente, desarrollan nuevas necesidades, sustituyen unas prioridades por otras, y cómo no, se transforman. No es que alteren sus fronteras, es que viven en otro espacio. La España de hoy está formada, es competente, tiene capacidad de discernir y por supuesto, es ambiciosa. Reclama espacios de decisión que se le niegan sistemáticamente. Una nueva democracia donde la relación ciudadano-político sea directa, natural. Sobran intermediarios y dueños de franquicias. Es más cómodo creer que el país está inundado de almas desangeladas que reclaman a gritos un guía y que ese debe ser un colectivo cuyo único mérito es haber estudiado el reglamento de asambleas y saber cubrirle las hojas de afiliación a sus amigos.

La izquierda ha de redescubrir al ciudadano y, mientras siga siendo una casta cerrada, hermética, anclada en la endogamia, lo tendrá difícil. Pero cuando se ponga a andar, deberá hacer parada en un puerto de montaña, en el mérito, y mientras lo escala debe tirar una alforja que la aplasta, el paternalismo. Solo el analfabetismo político pudo haber llevado a creer que la igualdad de oportunidades está reñida con el reconocimiento del esfuerzo y el trabajo, o a ignorar que, salvo las necesidades básicas del individuo, el resto de sus preferencias son subjetivas y por tanto, él y solo él es capaz de entenderlas. La izquierda, hoy más que nunca, ha de ser una cosa: libertad.

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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