Pasión, muerte y resurrección


El pasado lunes era asesinado el jesuita holandés Frans Van der Lugt en la ciudad siria de Homs, en donde residía desde hace 50 años. Pudiendo salir del país y ponerse a salvo, optó, sin embargo, por permanecer junto a los habitantes de la ciudad, en medio de dificultades y sufrimientos crecientes, para ayudar y consolar en la medida de lo posible a estas pobres gentes, y para denunciar, a través sobre todo de Internet, los dramáticos acontecimientos que allí tienen lugar desde hace más de tres años.

Por desgracia, su asesinato no es el primero ni será el último. Solo el año pasado 22 agentes de pastoral fueron asesinados en todo el mundo. ¿Su pecado? Tratar de vivir con coherencia el Evangelio, estando al lado de los pobres y denunciando las estructuras sociales, políticas y económicas que llevan a tanta injusticia y sufrimiento. Especialmente preocupante, además de Siria, es la situación que se da en estos momentos en el Congo, Nigeria, Irak y Colombia.

«Cuando ustedes escuchan que muchos cristianos sufren en el mundo, ¿son indiferentes o sienten como si un miembro de su familia estuviese sufriendo?», preguntó el papa Francisco hace unos meses a la multitud reunida en la plaza de San Pedro en Roma. Cuando están a punto de salir por nuestras calles las primeras procesiones de Semana Santa, es importante responder con autenticidad a esa pregunta.

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Pasión, muerte y resurrección