Seguimos esperando la verdad sobre el 23-F


Suárez dimitió porque estaba cansado y le dolía la cabeza. Tejero entró en el Congreso porque aquella mañana se levantó crecido y decidió salvar a España. Los diputados de UCD eran una piña en torno a su líder, y los de la oposición, un ejemplo de concordia y de exquisito respeto al juego democrático. La cúpula militar sintió vergüenza por la imagen de un guardia civil blandiendo un pistolón en el Parlamento y se puso al servicio del poder político para abortar cuanto antes el golpe de Estado. El rey condenó desde el minuto uno la intentona golpista y en cuanto tuvo noticia del asalto al Congreso ordenó a la Junta de Jefes del Estado Mayor que mantuviera el orden constitucional. Los poderes fácticos, la gran banca, la Iglesia y la élite empresarial dejaron clara en todo momento su apuesta inequívoca por la democracia. Y en aquella noche negra del 23-F, el pueblo español dio un ejemplo de unidad, de valentía y de dignidad democrática saliendo a la calle para defender las libertades recién estrenadas, condenar el golpe y exigir la inmediata liberación de sus legítimos representantes políticos.

Este cuento de hadas resulta cómico y fantasioso, pero está tan lejos de la realidad como la historia oficial que nos han contado sobre lo que de verdad ocurrió en las 17 horas más tristes de nuestra democracia. Cerrar los ojos de forma colectiva y hacer un alarde de amnesia e imaginación para que cada uno olvide sus responsabilidades y supere sus frustraciones es una opción encomiástica por el esfuerzo generalizado de silencio cómplice y cierre de filas que requiere. Pero, cuando se trata a los ciudadanos como si fueran imbéciles y menores de edad, amparándose además en la falacia de que conocer toda la verdad sería dañino para la democracia, se abre la puerta a que cada uno cuente los hechos como le pete. Y en eso estamos.

Ha bastado que alguien cuestione la historia oficial con unos diálogos de opereta e indemostrables, para que todos a una se lancen de nuevo a colocarnos el cuento feliz, no sea que el castillo de naipes se desmorone. El libro de Pilar Urbano es una fantasía cuyas fuentes principales están todas, casualmente, criando malvas. Pero la narración canónica sobre los acontecimientos del 23-F y sus antecedentes es igualmente disparatada. A día de hoy, sigue sin haber un relato de los hechos coherente y verosímil. Y, para llegar a él, convendría ir admitiendo lo obvio. Las presiones militares y traiciones políticas sobre Suárez fueron brutales. El ansia de la oposición por tocar poder era insaciable. Tejero tenía, además de los que fueron juzgados con gran benevolencia, muchos otros cómplices. El rey, como mínimo, tuvo dudas y esperó antes de actuar. Estados Unidos no se opuso al golpe. Y los españoles nos quedamos ese día calladitos en nuestras casas esperando a ver si escampaba. Mientras no empecemos por aquí, estaremos condenados a que la historia se repita.

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