Arena para un motor descontrolado


Hace más de cuatro décadas que el economista keynesiano y premio nobel James Tobin propuso la aplicación de un pequeño impuesto a las transacciones supranacionales de capital. No le guiaba un afán recaudatorio, sino la idea de «poner algo de arena en la grasa del motor de los mercados de capital».

Y es que ya por entonces el incipiente desorden que se observaba en esos mercados despertaba alguna preocupación por los efectos de lo que se empezaba a llamar hot money. Sin embargo, no fue hasta un poco más tarde, en torno a 1985, que un volumen cada vez mayor de dinero caliente aprovechó la supresión de los controles de capital para moverse con creciente aceleración a lo largo del mundo, buscando mínimos márgenes de rentabilidad. Con ello fue asentándose la orientación ultrafinanciera de la globalización contemporánea.

De lo peligrosa que resultaba esa orientación hemos sabido mucho a partir del 2008, cuando dramáticamente se puso de manifiesto no solo el potencial desestabilizador de esos flujos de capital, sino también que una buena parte de ellos estaban fuera de toda posibilidad de control. Fue por eso que a partir de ese momento se multiplicaron las propuestas para embridar de algún modo las finanzas internacionales. Algunos dirigentes recordaron por entonces aquella vieja propuesta de tasa Tobin, antes considerada como una consigna antisistema.

Muchas de esas iniciativas murieron o se descafeinaron por el camino. En Europa, a esa tarea ha venido aplicándose con firmeza el Ecofin, alegando la gran dificultad de aplicar la tasa de un modo coordinado. Este organismo sin embargo acaba de aceptar su pronta entrada en vigor. Hablamos de un impuesto muy pequeño, con una capacidad recaudatoria poco significativa (se calcula que como máximo llegaría a 35.000 millones de euros), por lo que su verdadero valor debe buscarse en otro lugar: estaríamos ante un mecanismo claro para controlar y desincentivar en algún grado las operaciones especulativas a muy corto plazo. Harán falta algunos otros, porque sería disparatado salir de la crisis con el mismo descontrol de las finanzas con el que entramos en ella.

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