El vuelo del fondo buitre


En el contexto de acelerada recomposición de los flujos de capital que se viene produciendo en los últimos años a escala planetaria, no dejan de ganar protagonismo algunos agentes inversores antes apenas conocidos. A veces se trata de operadores controlados por Estados remotos, como los importantes fondos soberanos de algunos países emergentes. En otras ocasiones son estructuras de inversión muy especulativas de propiedad con frecuencia opaca y dirigidas a aprovechar las posibilidades que ofrece el casino global.

En los últimos meses, la visible estabilización financiera en la eurozona, y la pérdida de atractivo del mercado norteamericano (consecuencia de la retirada de estímulos monetarios en ese país) están provocando que, por primera vez desde el 2007, muchos de esos operadores hagan fuertes apuestas por países como España. La compra de deuda pública y privada y la toma de posición en el capital de un buen número de empresas-ganga serían sus manifestaciones más importantes, con algunas consecuencias sin duda positivas: esas tendencias explican, por ejemplo, la notable mejoría de nuestra prima de riesgo, que sirve para aliviar el coste del servicio de la deuda. Y pese a la impresión de que casi se están regalando empresas, es innegable que al menos con la llegada de inversores foráneos se consiguen salvar algunas de ellas cuya solvencia estaba comprometida. Después de todo, piensan muchos, tampoco estamos para mirar el diente.

Sin embargo, en todos esos movimientos hay también algunos importantes problemas de fondo. En primer lugar, lo más obvio: tan rápido y sorpresivamente como vinieron, esos inversores se pueden ir, causando nuevos estropicios (lo que obliga a extremar el cuidado en los contratos). Segundo, este tipo de relaciones económicas tiene notables connotaciones geoestratégicas: lo hemos visto reiteradamente en las visitas a China de los dirigentes europeos, incapaces de plantear la cuestión de los derechos humanos ante el gran inversor salvador.

Más claramente aún, hasta hace pocos meses todo lo que viniera de Rusia y sus magnates era recibido con entusiasmo en toda Europa, sin hacer demasiadas preguntas sobre el origen de esos fondos; es evidente que la súbita recomposición del tablero internacional ha obligado a cambiar sobre la marcha esa visión.

Pero el condicionante más trascendente es el tercero: la ya mencionada nebulosa en que frecuentemente se pierden los verdaderos propietarios de los fondos. Quién esté detrás de ellos puede ser cuestión menor si hablamos de una empresa de, digamos, gaseosas. Pero, ¿y si se trata de una empresa estratégica o de un gran hospital público en vías de privatización? Este último caso, que parece extremo, se está dando actualmente en la Comunidad de Madrid. De extenderse esa tendencia, con la búsqueda de soluciones de urgencia para salir de la crisis, no solo cambiaría la piel de nuestra economía, sino la de la entera sociedad.

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