Sea patriota gallego: no beba usted rioja


Anteayer por la noche estuvo en Vía V, en el programa de debate que de lunes a jueves dirige y presenta en V Televisión Fernanda Tabarés, la candidata de AGE a las elecciones europeas, Lidia Senra, persona bien conocida del sindicalismo agrario gallego, en el que lleva mucho tiempo siendo una figura destacada.

Exmilitante del BNG, al que perteneció durante años, Senra maneja, como es lógico, todo el imaginario del nacionalismo en el que se inscriben sus ideas. Entre ellas, tuvo la otra noche gran protagonismo un concepto -el de soberanía alimentaria- que creo sirve no solo para explicar la política agraria europea de los nacionalistas -cuestión, lo reconozco, que no me quita el sueño-, sino para expresar su visión de Galicia, lo que sí me parece indudablemente relevante para todos, dado que cualquier Gobierno alternativo al del PP gallego es inconcebible, a día de hoy, sin la participación, junto al PSdeG, de las dos fuerzas (AGE y el BNG) que ahora compiten, a cara de perro, por el territorio que perteneció al segundo en exclusiva hasta hace nada.

La soberanía alimentaria, tal y como trabajosamente logró explicarlo Lidia Senra, sería aquella situación en que un territorio (Galicia, en nuestro caso) podría vivir de su propia producción, de forma que no tendría que (ni debería) importar ni exportar nada. Para decirlo de otro modo, sería una situación perfecta (y, por perfecta, claro, puramente fantasiosa) de autarquía, a la que llegaríamos tras asumir todos los gallegos lo que, sin duda, habría que denominar patriotismo alimentario. Yo mismo le pregunté a Lidia Senra qué haríamos con las docenas de miles de litros de excelente vino de O Ribeiro que, por fortuna, exportamos anualmente, a lo que la candidata de AGE me contestó, con una sinceridad pasmosa, que si todos bebiésemos vinos gallegos no habría necesidad de exportar nada. Y lo que vale para el vino, vale, por supuesto, para todo lo demás.

La soberanía alimentaria, como la soberanía lingüística (a la que se llegaría a través del monolingüismo que persiguen las políticas de inmersión), o la soberanía energética, no son, así, más que las caras diferentes de una misma utopía reaccionaria: la de una Galicia concebida como Arcadia feliz, habitada por patriotas, aislada del mundo, reconciliada sobre sí misma y gobernada para siempre por los representantes naturales del país, los nacionalistas, que se autoproclaman una y otra vez expresión legítima de un pueblo que cuando no está con ellos vive engañado, manipulado y alienado.

Es ese sueño, que siempre que se ha hecho realidad se ha convertido en pesadilla, lo que nos ofrecen, bajo ropajes destinados a esconder lo que hay debajo, unos nacionalistas persuadidos de que es posible en el 2014 regresar a un pasado que solo existe en sus cabezas.

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