Sobre el sabotaje social


Las últimas e importantes movilizaciones sociales en España han puesto en primer plano la necesidad de evitar al máximo su descalificación so pretexto de conductas violentas con las personas y con el patrimonio colectivo. Dando por sentado que en la situación social que vivimos todos los colectivos y organizaciones que lo consideren necesario deben tener pleno derecho a manifestar y hacer públicas sus denuncias, sus alternativas o su mera indignación. Y a hacerlo de forma visible y pacífica, previamente acordada con las autoridades gubernativas, en el sobreentendido de que los no participantes van a tener que soportar algunas molestias inevitables. En esto debe regir el hoy por mí, mañana por ti.

Hace pocos meses recordaba en esta columna un aspecto de recobrada actualidad de la película Metrópolis, un paralelismo preocupante entre aquella distopía del año 1927 y la Europa actual. Porque, decía, la plutocracia que capitaneaba J. Fredersen no se detenía ante el riesgo de provocar una destrucción social masiva. Antes de ceder en sus privilegios y despotismo decían: «¡Queremos presenciar cómo se va el mundo entero al diablo¡». Y animaban la indignación violenta, el caos, el sabotaje.

Estas plutocracias que juegan a la provocación admiten dos modalidades no siempre inconexas. Por un lado aquellas sectas de iluminados y resentidos sociales que consideran que la sociedad en su conjunto solo podrá alcanzar cambios sustantivos del orden social en un clima de caos y de conflicto violento generalizado donde, presumiblemente, serán ellos los nuevos directores de orquesta. Sobre tales personajes ha escrito páginas de extremada clarividencia Joseph Conrad (desde en su El agente secreto a su Bajo la mirada de Occidente).

Son las vanguardias que hoy se configuran, movilizan y actúan, por poner un ejemplo nada anecdótico, en los colectivos de seguidores ultras de los clubes de fútbol. Con sus conexiones y derivaciones en el espectro ideológico de los movimientos totalitarios de uno u otro signo. El sabotaje, la violencia gratuita, la provocación, el desprecio por los derechos humanos son fronteras que se saltan entonces a la torera. Colectivos y bandas urbanas que pueden conectar fácilmente con el mundo de la delincuencia en todas sus formas.

Pero las plutocracias que juegan a la provocación también pueden tener sus manzanas podridas dentro de los cuerpos de seguridad del Estado. Como muy bien conocimos por la Lisbeth Salander de la trilogía Millenium, las conexiones entre las cloacas de la seguridad, en nuestros pulcros Estados democráticos occidentales, con las cloacas de la sociedad dan un perfecto caldo de cultivo para todo tipo de provocadores sociales. En este caldo de cultivo aparecerán los profesionales que, por sí mismos o por encargo a cualquier clan de zumbados, son capaces de reventar una movilización social hasta ese momento extremadamente molesta por su éxito de convocatoria. La tarea del Estado democrático consiste en no jugar a aprendiz de brujo. No permitir que ni unas ni otras cloacas, menos aún su combinación, interfieran en la vida social. Manifestaciones incluidas.

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