Adolfo Suárez contra el cinismo


Extraño y paradójico país el nuestro. Cuando estás vivo, son muchos los que con tesón pretenden desaparecerte; cuando estás muerto, los mismos que te hundieron son los primeros que se apuntan a la gala de la resurrección. Es la historia contemporánea de España.

La misma que se escribe en el mundo de la cultura, la empresa, etcétera. Somos un país cainita que juzgamos desde la ideología y sus categoremas: las dos mitades que nos han definido y definen, las dos Españas que todavía nos hielan el corazón. La izquierda es especialmente rigurosa en cumplir el axioma precedente: todas las heridas acumuladas, cuarenta años de dictadura, le han dejado demasiadas cicatrices y rencor. Ayer mismo, un joven diputado de Izquierda Unida, Alberto Garzón, escribía en las redes sociales (sic): «Lamento la muerte de Suárez, pero los padres de la democracia son quienes lucharon contra la dictadura, no las élites franquistas». Sobra por mi parte cualquier comentario a la aseveración de Garzón, tan sañuda y resentida. La derecha no se queda atrás. Aquí se reconoce al amigo, aunque sea un necio, y se ignora al genio que no piensa como tú.

Aquí se mata al ruiseñor de casa ajena, y al pajarraco propio lo promocionan con extremosidad y enjundia: las listas europeas, verán, han de constituir un ejemplo eficaz para ratificar la ponderación previa. A Suárez lo mataron estando vivo. Lo vulneraron, humillaron («tahúr del Misisipi» le llamó el ínclito Alfonso Guerra, hombre al que no se le ha conocido en toda su vida otra ocupación que no sea la política profesional y bien remunerada). Si ustedes repasan las hemerotecas, lo comprobarán. Cuando por fuerza mayor se ausentó de la vida pública: lisonja y halago. Es la cínica España. Sírvanos el óbito de Adolfo Suárez para desear que se enderecen los renglones torcidos de nuestra historia.

Sírvanos su memoria para redimirnos de la inquina al adversario. Y sírvanos, sobre todo, para considerar el oficio de la política con la dignidad que merece, y no con el desprecio que ahora (merecido lo tiene) le profesamos. Porque hubo, y hay todavía, políticos honestos, proclives a la construcción del bien común y alejados de la tentación del beneficio propio.

Esa será la óptima lección para que el futuro esté en manos de los sabios e ilustrados, y no en el clan de conmilitones y correligionarios (simpáticos, pero negligentes). España, y Galicia, merecen otra suerte.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
72 votos

Adolfo Suárez contra el cinismo