Adolfo Suárez y la República Federal

Cuando Franco fallece, la jefatura del Estado decae en un heredero de la dinastía monárquica. En ese momento Juan Carlos y sus asesores sabían muy bien que solo desmarcándose del antiguo régimen podrían construir un futuro para la reinstaurada monarquía. El hombre elegido para pilotar tal transformación fue Suárez. Resultó ser el hombre adecuado en el momento adecuado. Porque para aquellos que, como yo mismo, imaginábamos una ruptura con el pasado franquista necesariamente republicana y federal, el transitorio presidente Adolfo Suárez consiguió taponar exitosamente tal salida. Tuvo como fieles colaboradores, más allá de obligados monárquicos y buena parte de los poderes económicos del país, a una alternativa socialista obediente con las directrices de sus correligionarios alemanes. (Llegarían así muy pronto al Gobierno, aunque para ello mutaran en monárquicos y en autonomistas). También contó con la colaboración del comunismo oficial del momento que a cambio de su muy teatral legalización también mutó en adepto a la transición monárquica y autonomista. Un buen trabajo, sí señor. Quedarían reducidos a la marginalidad los sectores más nostálgicos del dictador y aquellos que mantenían la demanda de un horizonte republicano y federal. Los primeros enseñarían los dientes en el intento golpista del 23-F, que sirvió de refrendo de la naturaleza democrática del nuevo rey. Los segundos quedarían arrollados por una maquinaria mediática y electoral que muy pronto gestionó a sus anchas el bipartidismo monárquico y autonomista en el que hemos transitado las últimas décadas. Un éxito con lastres. En primer lugar no podía blindar a la monarquía contra las secuelas de unas alegrías con las que los dos partidos de Gobierno acostumbraron desde entonces a la Casa Real. En segundo lugar supuso que a determinados sectores se les siguiese dejando campar a sus anchas. El Concordato con la Santa Sede (nunca denunciado por los partidos que se turnan en el Gobierno) es el más nítido ejemplo; es por eso que aún hoy tenemos que polemizar sobre abortos o asignaturas. En tercer lugar supuso que lo que fue una solución improvisada (diecisiete autonomías) se enquistase en una inflación de chupatintas por un lado y en la negación de un encaje federal por otro. Y podría seguir. De manera que la sintomática y muy prolongada desaparición de Adolfo Suárez es quizás una metáfora de cómo su éxito inicial descansó en un mix de renuncias y ambiciones que estamos pagando muy caro.

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