El conciliador

OPINIÓN

Todas las veces que saludé a Adolfo Suárez -y fueron muchas a lo largo de los años por mi profesión periodística-, siempre me hizo creer que me conocía, que sabía quién era. Yo apostaría que no era así. Pero su afabilidad era tan explícita y abrumadora que a veces hizo que yo dudase. La última vez que ocurrió esto, él ya no estaba en el poder, ni siquiera en la política, y sin embargo se comportó de igual modo, se acercó a mí y me dio un abrazo. Así fui llegando a una conclusión que, a mi juicio, explica muchas cosas: Adolfo Suárez fue, sin duda, el político español más irresistible en la corta distancia en toda la transición del franquismo a la democracia. Nadie como él era capaz de crear ese clima de reconciliación y de concordia que todos anhelábamos. Nadie como él conseguía que sus interlocutores se sintiesen comprendidos, respetados y necesarios. Y nadie como él tenía el valor de cumplir lo acordado. Ese carácter fue su destino como hacedor de la democracia y como presidente del Gobierno.

En 1980, siendo presidente, veraneó en O Grove. Los periodistas montaron guardia ante el chalé en que estaba y trataban de seguirlo en cada salida, pero no siempre lo lograron. En una ocasión fue a cenar al Gran Hotel de La Toja, convencido de que se había zafado de la vigilancia informativa. Descubrió que no era así cuando vio a Mondelo, informador gráfico de Efe, al que conocía. Terminada la cena, creyó que este se había ido (en realidad estaba escondido detrás de una cortina) y salió a bailar con su mujer, Amparo Illana. Aquella foto ocupó muchas primeras páginas en España. Y el presidente, lejos de enojarse, felicitó al informador. Esa empatía, esa capacidad de saber ponerse en el lugar del otro, fue una característica esencial de todo su proceder político.

¿Lo salvó todo esto de ser duramente criticado? No. El momento político que le tocó afrontar y liderar hacía imposible contentar a todos. Las críticas fueron el pan suyo de cada día, con razón o sin ella. Suárez empujó la carreta democrática hasta donde pudo, consolidó el proceso tanto como le fue posible y, al cabo, cedió ante un horizonte de relevo que aupaba al PSOE de Felipe González, por un lado, y recuperaba a Fraga, por el otro. Adolfo Suárez, el gran seductor político, había cumplido su misión, y en ella se había inmolado. El intento de abrirse paso con el CDS ya no tendría recorrido. Había llegado la hora del centroizquierda felipista, como luego llegaría la del centroderecha posfraguista. Los equilibrios de Suárez ya no encontraban destinatario. Su misión había terminado. Pero su lección conciliadora sigue viva y sería muy deseable que nuestros políticos de hoy aprendiesen de ella y la recuperasen para nuestra vida pública. Ganaríamos todos.