De Lampedusa a Ceuta y Melilla


Según la Wikipedia, la tristemente célebre isla de Lampedusa se encuentra a doscientos kilómetros de Sicilia y a cien de Túnez, siendo el territorio italiano ubicado más al sur, y aunque política y administrativamente pertenece a Italia, geográficamente pertenece a África, puesto que el lecho marino entre ambos no excede los ciento veinte metros de profundidad. Si esto es cierto para Lampedusa, aun lo es más para Ceuta y Melilla, que siendo tierras africanas pertenecen a España.

Si en un caso el reto para un africano es salvar un trecho de mar para entrar en la Unión Europea, en el otro se trata de saltar una valla. Si uno está totalmente decidido a hacerlo, es menos probable perecer saltando la valla que ahogado haciendo una travesía en el mar.

Lo de estar decidido tiene mucho que ver con las fabulosas expectativas de entrar en Europa para las gentes del sur, una Europa en la que ahora compartimos (entre holandeses, belgas, alemanes, franceses, ingleses, españoles y demás) nuestras no siempre honrosas correrías por el continente africano. Digamos que se junta el hambre con las ganas de comer.

Me imagino que para un nigeriano, un etíope o un congoleño (que son nada menos que trescientos millones de personas) los alardes de los dioses del balón, algunos de ellos negros, por los estadios de Europa que ven en televisión, cuando se juntan con sus coches deportivos, sus mansiones y sus supermodelos son una mezcla explosiva difícil de resistir. Pensarán: ¡a ese mundo quiero llegar yo como sea!

Incluso la media de los ciudadanos, de aquí y de allí, estamos a distancias casi cósmicas. De entre doscientos países del mundo, España está en la posición treinta en ingresos medios por habitante, mientras Nigeria está en el puesto ciento cincuenta, y Etiopía o el Congo aún peor. Aquí 26.000 dólares al año, allí apenas 2.100. Lo que se dice un potente efecto llamada.

Con medios globales de comunicación y con una brecha económica de ese calibre, saltar una valla o cruzar un trecho de mar se convierten necesariamente en un sueño masivo y contagioso. Por eso se entiende que la contraseña y grito de entrada sea: «¡Barça, Barça!».

Ignoro lo que hará Italia con Lampedusa, pero nuestras plazas de Ceuta y Melilla han mutado en puerta de entrada a una tierra de Jauja mundial para millones de habitantes de África, y eso las convierte en un peligroso -y muy costoso- anacronismo para ejercer en ellas la soberanía nacional. Menos aún cuando ahora la ejercemos en nombre de todos los europeos.

Mi padre cumplió en los pasados años cuarenta su servicio militar en Melilla, una ciudad que en aquel momento venía de ser la capital económica de la parte oriental del protectorado español en Marruecos (minas del Rif incluidas), y nos contaba anécdotas en las que él nombraba el monte del Gurugú.

Casi tres cuartos de siglo después, ese monte es referente territorial para los campamentos de africanos que esperan llegar a esta Jauja europea desde otro Estado soberano y, al parecer, amigo. Por eso creo que (en vez de atrincherarse en alambradas) va siendo hora de abandonar ordenadamente la soberanía de unos territorios que hoy son -y se manejan como- una provocación social de proporciones desorbitadas.

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