El regreso de las fronteras internas


La actual, y prolongada, crisis económica ha orientado la construcción de la Unión Europea hacia un reforzamiento del papel de los veintiocho Estados miembros y hacia un paulatino ninguneo del Parlamento y de la Comisión. Órganos estos que son los auténticos exponentes de una Unión sin fronteras estatales, de una común ciudadanía europea. Hemos visto cómo el Consejo, formado por los presidentes de los Estados, y singularmente las alianzas que establezca Alemania se han convertido en los poderes ejecutivos, los que toman las decisiones.

Detrás de esta deriva está lo que yo denomino regreso de las fronteras internas. La crisis ha potenciado al máximo la consideración de que cada palo debe aguantar su vela, que cada Estado debe privilegiar los intereses de sus ciudadanos (parados, pensionistas, ocupados, pobres?), y para ello debe reducir al mínimo la mutualización (la puesta en común) de ayudas a los ciudadanos de otros países de la Unión.

Es así que a casi nadie se le ocurre elevar el presupuesto de la UE por encima del 1 % del PIB europeo (mientras los Estados controlan un 50 % del PIB europeo). Es así que no se pueden financiar políticas de estímulo con eurobonos, y que, en su defecto, cada Estado que lo necesite tendrá un rescate de un sindicato de Estados acreedores. Es así que el Consejo de Gobierno del BCE está continuamente bajo sospecha de qué decisiones no debe tomar.

Y en este caldo de cultivo antifederal y antieuropeísta encontramos desde los nacionalismos populistas del Reino Unido (que amenazan con salir), los protofascistas que prometen en distintos países un patriotismo liberador, o de los excelentes que nombran a los PIGS y diseñan cuál debe ser el club selecto de la moneda común.

Es este mismo caldo de cultivo (el que condiciona una crisis económica prolongada con graves secuelas sociales) el que dentro de algunos Estados europeos busca en el resurgimiento de las fronteras internas una salida milagrosa a los problemas comunes. No es extraño que tanto en el caso europeo (con Alemania a la cabeza), como en el español (Cataluña o el País Vasco), británico (Escocia) o italiano (Norte) sean los territorios más ricos los que busquen esta solución.

En el caso español se supone que si se levanta una frontera fiscal interna (como de hecho ya la tiene el País Vasco) mis parados, mis pensionistas, mis pobres, mis trabajadores, podrán vivir mejor que si tenemos que ceder recursos para los territorios menos ricos. Se sale uno de España y santas pascuas.

Mientras tanto se busca clonar la dinámica ejecutiva europea: nada de café para todos, se decide en acuerdos bilaterales entre los que somos importantes. Quizás con un pacto fiscal que acabe en un cupo bis. Es este un populismo nacionalista interno que también está en las antípodas de una construcción federal.

Los que así piensan se imaginan felices en una Unión Europea que, en vez de ir como va con los veintiocho Estados miembros actuales, tuviese, pongamos, cincuenta. Ellos habrían escapado del ignominioso contagio de sus pigs internos. Algo es algo. Eso sí, no quedaría ni rastro de una ciudadanía europea o española.

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