El paraíso suizo cierra sus puertas


No se alarmen los poseedores de dinero bastardo por el título de este comentario: el paraíso fiscal permanece abierto. Lo que cierra es la sección contigua, aquella que mi suegro, que trabajó allí y de allí recibe pensión, aún llama el paraíso del emigrante. Los suizos han decidido en referendo establecer cuotas de admisión. Desde que acordaron con la Unión Europea la libre circulación de personas, 800.000 inmigrantes -tres de cada cuatro, ciudadanos comunitarios- acudieron a sus despensas en busca de pan y trabajo. Y a los helvéticos se les agotó la hospitalidad.

Suiza no es, por supuesto, el primer país que restringe la inmigración en tiempos convulsos. Otros incluso lo hacen de forma más bárbara: con muros erizados de cuchillas o islas-prisión ancladas en el Mediterráneo. Pero esta vez duele en carne propia: el 85 % de los extranjeros que residen en el país suizo son europeos. Traducido: italianos, franceses y españoles somos los subsaharianos de Suiza. Y eso jode.

El argumento contra el inmigrante está teñido siempre con tintes xenófobos. El extranjero, el otro, el diferente, como responsable de nuestros males. Nos quita el trabajo, rebaja los salarios, mancilla nuestras costumbres, genera violencia. Suiza no es una excepción. Los partidarios de cerrar las fronteras utilizaron machaconamente, en la campaña del referendo, un cliché demoledor: siete de cada diez reclusos de las prisiones suizas son extranjeros. Prueba de cargo irrefutable... salvo cuando los extranjeros somos nosotros.

Toda esa humareda argumental no debe engañarnos. En el trasfondo del problema se encuentra el bolsillo. Una vez más, «es la economía, estúpido», como le recordaba el asesor de Clinton a un derrotado Bush padre. El racismo y la xenofobia van y vienen a oleadas, como un espejo inverso de los ciclos económicos. Aceptamos al inmigrante cuando lo necesitamos para desempeñar los trabajos más desagradables. El racismo se atenúa cuando echamos mano del marroquí como carne de invernadero o del sudaca para limpiar los mocos del abuelo inválido. Y se acrecienta cuando no quedan migajas que llevarnos a la boca: entonces descubrimos, como ahora los suizos, que la caridad bien entendida comienza por uno mismo.

Los gallegos, doctores en la materia desde la noche de los tiempos, deberíamos saberlo. En los gloriosos años sesenta, mi suegro formaba parte de las legiones proletarias que marchaban hacia las fábricas de Alemania o Suiza. Una década después sonaron los clarines de la crisis y comenzó el retorno. Los más afortunados habían logrado unos ahorrillos para estudiar a los hijos, comprar un piso o montar un bar.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
54 votos

El paraíso suizo cierra sus puertas