El reposo del guerrero Rajoy


Hace muchos años, creo que fue en 1996, Mariano Rajoy coordinó la campaña electoral del Partido Popular. En medio de tan intenso trabajo tuvo tiempo para dar el pregón del cocido de Lalín. Su frase final mereció honores de primera página en algún diario, porque el hoy presidente remató así: cuando Aznar le preguntase cómo llevaba la campaña, él le respondería «a mí plim, que vengo de Lalín». Recuerdo la historia al contemplar la foto final de la convención de Valladolid. Terminado el ceremonial, el señor Rajoy se dirigió a su coche presidencial. Podría pensarse que llevaba bajo el brazo una carpeta llena de documentos. Podría pensarse que llevaba una maleta llena de conclusiones. Pues no; el señor Rajoy lucía un periódico enrollado al estilo de los sanfermines, como para defenderse de los toros (¿los periodistas, quizá?), y ese periódico era el Marca. Después de la agresión a Rubalcaba, relaxing Marca. De la convención nacional del partido gobernante, el presidente sacó un diario deportivo. No consta que lo haya estado leyendo mientras otros hacían sus discursos. Pero el mensaje era: a mí plim, que yo leo los deportes.

El Marca se convirtió así en el reposo del guerrero, la calma después de la tormenta, el refugio del líder después de tantas lisonjas, el contacto con la España real que se desfoga con el contrato de Neymar y los goles de Cristiano Ronaldo. No me negarán ustedes que la estampa es sugestiva. Muestra al personaje como es. Tiene fama de ser un proverbial administrador del tiempo político y en esa foto demuestra, además, que es un magnífico administrador de su tiempo personal. Como el Eclesiastés, puede proclamar que hay un tiempo para la política y un tiempo para la evasión; un tiempo para los informes oficiales y un tiempo para el Marca; un tiempo para sufrir con Vidal-Quadras y el tiempo que quiere todo madridista: para leer cómo ha sido derrotado el Barça.

Me gusta este Rajoy. Si se entrega a las crónicas deportivas, nunca será atrapado por el síndrome de la Moncloa, ni tendrá pesadillas con Artur Mas. Supera a Alfonso Guerra, que confesó que no leía un periódico. No cae en la veleidad de Aznar y Zapatero, que se extasiaban con la poesía, tan difícil de trasladar al Boletín Oficial del Estado. Hace una cura de humildad a los cronistas políticos, que pensamos que los poderosos se desayunan cada mañana con las brillantes anotaciones de nuestras imprescindibles crónicas. Y qué diablos, se cura a sí mismo contra depresiones, porque la prensa deportiva tiene una virtud añadida: no publica datos del paro ni de afiliación a la Seguridad Social. Así el presidente se queda con la interpretación de la secretaria general de Empleo. Y tan feliz.

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