Estudiar en España es llorar


Circula por España un convencimiento tan amplio socialmente que ha adquirido ya la naturaleza de un prejuicio popular: que los males de nuestra educación, universitaria y no universitaria, tienen que ver con el bajo nivel de exigencia que el sistema plantea a los alumnos.

Tras haber vivido, como padre, la experiencia de mis hijas en primaria y secundaria y la de los de familiares y amigos; y, como profesor universitario, la de los miles de estudiantes que han pasado por mis manos y las de mis colegas en los centros en que he impartido docencia a lo largo de tres décadas, creo que ese diagnóstico está errado de raíz, pues es el inverso del que enseña un análisis certero del asunto. Me explicaré.

Como indican los informes internacionales en la materia, el gran problema de nuestra educación nace menos de las diferencias entre quienes finalizan sus estudios que del inmenso porcentaje de fracaso escolar: de alumnos que abandonan en la enseñanza no universitaria o repiten, una y otra vez, en la universitaria. Un porcentaje que tiene que ver con la existencia de unos niveles de exigencia que, por ser descabellados, solo logran superar, sin un sufrimiento inmenso, los mejores estudiantes, siempre un pequeño porcentaje del total, como ocurre en todas partes.

Pondré un ejemplo. Es posible que un estudiante excelente pueda leer La Celestina con 15 o 16 años, pero hacer de ese libro (por lo demás maravilloso, para un adulto con cultura) una obra de lectura obligatoria a tal edad es una majadería formidable. Y una forma, por supuesto, de provocar en los estudiantes un odio cerval a los libros y al hecho mismo de leer.

¿Qué ocurre cuando los niveles de exigencia educativa son exageradamente altos? Es sencillo: que actúan como un elemento disuasorio para una mayoría de los alumnos que, convencidos de no poder saltar un muro de una altura infranqueable, optan por dejarlo. De ahí, y no de otro lugar, nace el problema en gran medida: antes de la Universidad y en la Universidad.

Por eso, una de las más llamativas ocurrencias del ministro José Ignacio Wert -la recuperación de las reválidas- demuestra que nuestras autoridades educativas siguen pensando, como tanta gente en el mundo de la enseñanza, que para subir el nivel es necesario convertir los estudios en un verdadero viacrucis. Craso error: de lo que se trata es de que un alumno puede acabar el bachillerato sin haber tenido que hacer el esfuerzo de un universitario y que los universitarios pueden licenciarse sin vivir como un opositor de notarías. Así ocurre en los países a los que nos gustaría parecernos: que a los estudiantes de todos los niveles les va mejor y sufren menos.

Decía don Santiago Ramón y Cajal que investigar en España era llorar. Notable victoria: al fin hemos conseguido que estudiar también lo sea.

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