Deslealtades nacionalistas catalanas


Mientras las previsiones sobre el problema económico-social apuntan algún claro, el horizonte de nuestro principal problema político aparece cerrado. El imprescindible diálogo no encuentra por ahora el clima propicio. No bastan los argumentos jurídicos. Habrían de ponerse sobre la mesa los agravios que tiene Cataluña respecto a España, la primera palabra de la Constitución que el pueblo catalán aprobó mayoritariamente y que se invoca en el Estatut. Pero también conviene recordar la deslealtad de los nacionalistas catalanes en la historia contemporánea. La lealtad es esencial en un Estado compuesto. Ha faltado por la decisión unilateral de la Generalitat de proponer una consulta sobre una posible secesión. Esa unilateralidad es un obstáculo para el diálogo. Ha sido desleal la campaña realizada en el exterior generando una imagen que perjudica al conjunto de los españoles. Puede interpretarse, como mínimo, una desconsideración en cuanto a ellos, considerando su opinión irrelevante, sin entrar en su invalidez jurídica. Ha sido desleal el oportunismo de aprovechar una coyuntura económica difícil para esa reivindicación y, si se me permite, también por haber trufado el muy respetable sentimiento identitario colectivo con las ventajas económicas que reportaría la secesión, que no son ciertas en el corto plazo. Hubo deslealtad con la República. No me referiré a la primera proclamación de Cataluña como Estado por Maciá, ni a la protagonizada por Companys en 1934 con el pretexto del triunfo de la CEDA. Me basta para registrarla con releer a Manuel Azaña, el tomo IV de las Obras completas, editadas en México en 1968. Fue el valedor de la autonomía de Cataluña, antes de la Constitución del 31, en el debate constituyente y en la defensa del Estatut. No solo comprendía el catalanismo, decía en 1930, sino «siento el catalanismo». Sus discursos, que no impedían que los terminase con vivas a España y la República, lo avalan. Los escritos durante la Guerra Civil registran, en cambio, una cierta amargura y desilusión. En esa situación crítica del país, cuando la República se jugaba su existencia, anota «la separación radical de la causa de Cataluña y la causa general de España»; la Generalitat, gobernada por ERC, «se mueve entre la deslealtad y la obtusidad», de lo que da cuenta en otras varias ocasiones. A Negrín, en 1938, cuando le dijo que no se opondría a la voluntad del pueblo catalán de separarse si se produjese, contesta: «Ahí no llego yo». Los acontecimientos vividos, incluso su inseguridad física en Barcelona, lo sitúan en una posición contraria a la que había mantenido en 1930 sobre si algún día Cataluña «resolviera ella remar sola en su navío». Al mismo discurso pertenecen unas palabras que valen para hoy. Es natural hacer el «inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero será también bueno que un día nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente? nos une». Habrá que sentar las bases y diseñar el cómo.

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