Si habla de Cataluña, hágalo con libertad


Si Artur Mas le parece un pesado y un frívolo; si está harto de reivindicaciones engoladas e injustas; si cree que la clase política catalana es confusa y decepcionante; si no le gusta que una legítima reivindicación de autogobierno se haya convertido en un chantaje insoportable; si la internacionalización de este embrollo le produce vergüenza ajena, y si cree que la estupidez colectiva nos está distrayendo de los asuntos más graves, dígalo con libertad. Sepa, además, que no está solo, que esa manera de pensar no le convierte en reaccionario, y que ni la progresía, ni el ser de izquierdas ni el tener una visión federalista del Estado le obligan a acomplejarse ante la fraseología barata que solo conduce a callejones sin salida y a conflictos estériles.

Claro que si Mas le parece Cromwell, o Junqueras le recuerda a Garibaldi, también puede decirlo. Y no solo eso. Si desea participar en la invención del Estado de fragmentación retardada -llamado también «Estado racimo», como las bombas-; si le gusta ver la historia por el retrovisor, y si le parece que es inteligente caminar en dirección contraria a todos los países desarrollados, siguiendo a Kosovo, Eritrea, Kurdistán y algunas regiones del Congo, Senegal, Afganistán y Burundi, tampoco debe privarse. Porque la libertad, que se inventó para eso, tuvo su mítico estreno en la demolición del Paraíso Terrenal.

En lo que no vamos a coincidir es en que, para que los catalanes puedan crear su Estado racimo, tengamos que inventar los demás el Estado suicida, cuya característica consistiría en hacerse el harakiri para que cada cual pueda decidir lo que le plazca, cuando se le ocurra y con la forma y procedimiento que se le antoje. Y menos aún debemos estar dispuestos a inventar el Estado gilipollas, cuya esencia sería el facilitarles a los catalanes una salida mullida y ventajosa, poniendo a su disposición todo el mercado español y buena parte de sus instituciones financieras y empresas estratégicas, pero sin cometer el desacato de vetar la entrada del Condado de Barcelona en la Unión Europea. Porque la unilateralidad del derecho a decidir parece ser patrimonio de Cataluña, y su ejercicio por el resto de los españoles rozaría la criminalidad.

Que Rajoy hable por el plasma, sea pusilánime, no sepa historia, carezca de pulo reformista, esté preso de la derechona y no controle a Gallardón no le da a Cataluña ninguna razón añadida. Y menos aún nos la quita a los demás el hecho de habernos dejado gobernar por Zapatero. Porque el péndulo democrático va y viene, igual que el de los relojes. Y por eso no estoy de acuerdo con ese ronroneo progresista de Rubalcaba que, para decir que España no se va a romper, tiene que prometer humo federal hecho con paja mojada. Aunque bueno es que, al menos en este caso, el propio pecado incluya la penitencia.

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