Escuchas un debate de educación. Prestas atención. Los niños han vuelto ya al colegio después de las vacaciones navideñas. Viviste momentos estupendos junto a ellos y otros agotadores. Los que hablan son expertos en pedagogía. Pero pisan demasiado los grandes clásicos. Hay que pasar tiempo con ellos. Hay que estar pendientes de los pequeños. Es bueno que noten el cariño. Los niños que han crecido con cariño se notan. Mejor un beso que una bofetada. Etcétera. Entonces interviene una madre. La mujer no puede hablar más claro. Ella es de las que están con ellos, de las que les dan cariño. De las que consumen su tiempo junto a esas pequeñas centrales de energía nuclear que nunca se agotan. Pero la madre es muy sincera y confiesa que ella los quiere, pero que ella sí se agota. Va más allá y dice algo en lo que menos mal que todos los expertos le dan la razón. Está muy bien estar con ellos, pero hay que ponerles límites. La clave para mí entre una buena y una mala educación está en establecer fronteras, explica la mujer. Cuánta verdad. Es difícil decir que no a lo que más se quiere. Pero se le hace tanto bien.