Negociar con inseguros e iluminados


«Cataluña, el pueblo catalán, siempre han apostado por la convivencia. Lo que pasa es que también han apostado por la libertad». Estas fueron las palabras con las que Artur Mas, el Luther King catalán, el Gandhi catalán, el Kunta Kinte catalán, respondió a la oferta de diálogo del rey Juan Carlos. La Corona le tendió la mano, seguramente en contra del criterio de muchos miembros del Gobierno español. Le hizo la oferta de renovar los acuerdos de convivencia de 1978. Habló de la coexistencia de los idiomas, de las culturas diversas, de la aceptación del diferente, de ceder y comprender las razones del otro, y la respuesta del catalanismo que Mas dice representar ha sido de rechazo, quizá de menosprecio, desde luego de oídos sordos. Su hoja de ruta, definitivamente, es fundamentalista.

Ante los mensajes de un rey caben reacciones lógicas, como la de Cayo Lara: si Izquierda Unida es republicana, nadie le puede pedir el aplauso y mucho menos la identificación de criterios. Caben reacciones oportunistas o pensadas para llamar la atención: si a Rosa Díez le parece que el monarca no trató todos los temas, ella sabe perfectamente que no era el momento ni el escenario de hacerlo, pero así se distingue del PP y del PSOE, en cuyos viveros electorales se alimenta cada día. Y caben las reacciones que podríamos llamar de obligado cumplimiento: las de partidos de Gobierno como el Popular y el Socialista que, diga lo que diga el jefe del Estado, se consideran obligados a asentir. Y a lo mejor hasta lo hacen convencidos.

La posición de Artur Mas no encaja en ninguno de esos supuestos. Desde la Diada del 2012 se dedicó a pedir diálogo al Gobierno y al Estado para que le autoricen la consulta. Y cuando aparece el máximo representante del Estado con una propuesta de diálogo, la rechaza frontalmente alegando que Cataluña apuesta por la libertad. No otorga ni la menor oportunidad al intento de reencuentro. Lamento anotarlo, porque así nos meteremos en un 2014 en que no veremos más que maniobras para burlar la legalidad, con el desenlace de provocar decepción, quizá ira, de quienes han sido engatusados con ese falso mito de la libertad.

Estamos, por tanto, ante el fundamentalismo que no acepta la existencia de otra posibilidad que no sea su propia solución. Estamos ante el rechazo preventivo, quizá por miedo al diálogo mismo que le haga cambiar de opinión. Estamos ante el pánico a que su protector, el republicano Oriol Junqueras, le retire su apoyo si comete la herejía de hablar con Madrid. Y estamos ante la falta de valor cívico para enfrentarse a soluciones pactadas, por miedo a los datos y aportaciones del adversario. Con los inseguros y los iluminados nunca se pudo negociar.

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Negociar con inseguros e iluminados