Un referendo solo para buenos catalanes


El referendo catalán es ya como las meigas. Todo el mundo sabe que no se celebrará, pero haberlo, haylo. Por eso, aunque todos, incluidos sus promotores, sepamos perfectamente que esa consulta no tendrá lugar, nos pasamos el día hablando de ella y haciendo cábalas sobre cuál va a ser el resultado. Y por esa vía se llega también a la sublimación del absurdo, que consiste en que los mismos medios que acusan a Artur Mas de dividir gratuitamente y frustrar a los catalanes al obligarlos a tomar partido sobre una cuestión que nunca se va a someter a referendo, se dedican a hacer encuestas en Cataluña con las mismas preguntas, para que esa división quede perfecta y estadísticamente registrada.

La consulta no existe, pero eso no quiere decir que su evocación fantasmal no resulte útil e ilustrativa. Su mero enunciado ha servido, por ejemplo, para que los nacionalistas se retraten y dejen constancia precisa de lo trilero de sus planteamientos. Bajo esa doble pregunta de apariencia naíf y democrática se esconden todas las trampas con las que el nacionalismo lleva décadas ocupando el poder en Cataluña, marginando al que no comulga con sus planteamientos y tratando de acallar a todos aquellos que no son auténticos catalanes por no superar el test de catalanidad que han inventado. Para ellos, solo los buenos catalanes tienen derecho a decidir si Cataluña debe ser o no independiente. Y, por ello, antes de plantear esa cuestión en referendo, es necesario hacer una purga previa, que se quiere realizar con la misma precisión inflexible con la que un sexador de pollos pone a los machos en un montón y a las hembras en otro.

Lo primero es por tanto sondear si se está o no a favor de que Cataluña sea un Estado. Con esa pregunta profiláctica, lo único que se pretende es seleccionar a los malos catalanes, aquellos que ni siquiera quieren desprenderse del marchamo de españoles, para segregarlos y dejarlos ya a partir de ese momento sin voz ni voto en la consulta. La idea, tan repetida en los últimos años en Cataluña en todos los ámbitos de la vida pública, es ignorar a todo ese grupo de personas que no son nacionalistas. Hacer como si no existieran y gobernar solo para los que sí lo son. Una vez que hayan sido contados e identificados los buenos catalanes, aquellos que están a favor de que Cataluña sea un Estado, se pasa ya a formularles solo a ellos la pregunta capital sobre la independencia en la que, como se desprende de este planteamiento, solo participarían los nacionalistas. Los otros, los malos catalanes, ya no tienen opción de pronunciarse sobre la segregación. Para ellos no hay segunda pregunta ni capacidad de precisar su postura. Sus votos van a la basura.

El referendo es un espejo de todas las trampas argumentales utilizadas por el nacionalismo catalán, que son jurídicamente impresentables y democráticamente falaces. Pase lo que pase, ellos siempre ganan.

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