Los independentistas, desatados


Muchos pensaban que los independentistas catalanes no se pondrían de acuerdo en la pregunta del referendo de autodeterminación que, según el Gobierno, no se va a celebrar. «Haríamos un ridículo espantoso», vaticinaba el señor Duran i Lleida. Y este cronista respondía a los medios informativos catalanes que le preguntaban: «Mi actitud cínica es decir que sería la mejor solución». No se me ocurrió una respuesta más galaica.

Vana ilusión. Los partidarios del referendo se pusieron rápidamente de acuerdo, no hicieron el ridículo, pero plantean un órdago a la grande.

La primera reflexión es la misma que mantengo en estas páginas desde hace tiempo: estos tipos van en serio y conviene tomarlos en serio. Causarán un drama, meterán a España y a la propia Cataluña en un conflicto descomunal y de consecuencias imprevisibles; pero van en serio. Y no están solos en su alocada aventura: cuentan con el apoyo de una parte importante de la sociedad catalana. Me lo decía un dirigente de la patronal Fomento: «Más de la mitad de los grandes empresarios y la inmensa mayoría de los pequeños quieren probar si la independencia es la solución. Y no les importa perder el 30 % de su mercado». Al resto de los ciudadanos los han convencido con la simpleza de que nadie le puede impedir votar a un pueblo, porque eso es la democracia.

Quiere decirse que se ha entrado en un proceso irracional, pero que suscita adhesiones. Esos independentistas, cuando hablan, invocan la voluntad expresada en las encuestas y eso les da una enorme seguridad. Y poco importa que fuera de Cataluña veamos un proceso demencial, o que les recordemos la salida de la Unión Europea, de la OTAN o del Eurogrupo, la previsible ruina económica, el pago de pensiones o la deuda que tiene la región. Les da igual. Esa mayoría invocada identifica independencia con paraíso. Y los dirigentes del pacto de ayer se alimentan unos a otros, con Artur Mas inmolado en el altar de su desastre electoral como mártir de la causa.

Ahora, sellado el acuerdo de preguntas y la fecha de la consulta, queda la gran incógnita: cómo la hacen, porque el Estado no va a consentir tamaño desatino, y cómo el Estado lo impide. ¿Habrá que mandar a la Guardia Civil a las mesas electorales? ¿Habrá que dejar que voten y no reconocer la votación porque fue absolutamente ilegal? No lo sabemos. Quizá no lo sepa ni Rajoy, que por ahora se refugia en la Constitución, como si la Constitución les importara a los rebeldes.

Lo único seguro es que, si no se desactiva el referendo, el futuro es muy incierto. Los sublevados de ayer empezarán a pensar en la declaración unilateral de independencia. Y si no, en una enorme movilización popular. Están desatados.

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