Crisis aguda en el sindicalismo español

OPINIÓN

28 nov 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

A mediados del 2010, cuando Zapatero cayó de la burra en su camino de Damasco, los dos grandes sindicatos españoles creyeron que había llegado su momento de gloria. Y, proponiéndose a sí mismos como salvadores de la clase trabajadora, iniciaron un cerco férreo y sistemático a las políticas de ajuste, y una contraofensiva populista contra los designios de Merkel, la troika y cuanto olía a orden europeo. Se equivocaron de plano. Y entraron en una gravísima crisis que tiene como explicación cuatro causas esenciales.

La primera, que marraron el diagnóstico, y que en vez de ponerse al lado de la reconstrucción del país, se entregaron a un populismo tan descarado que ni siquiera sus huestes pudieron seguir. Aquellas huelgas generales contra las reformas laborales, y aquella resistencia numantina contra los ajustes y las devaluaciones competitivas, significaron un gran avance en la composición de pareados indignados -«el próximo parado que sea un diputado»-, pero la gente corriente, los nuevos trabajadores de la economía mundializada, se dieron cuenta enseguida de que las reivindicaciones extremas les llevaban al paro y al cierre de las fábricas, y dejaron en cuadro las huelgas generales.

También se equivocaron porque no quisieron aceptar que los sindicatos de hoy no son más que burocracias especializadas en alimentar su propio poder y sus propios intereses, y que hace mucho tiempo que, en vez de estar dirigidos por líderes como Camacho o Redondo, están gestionados por profesionales que, con solo ponerse corbata, podrían dirigir una multinacional o un banco.

La tercera equivocación está en que los grandes sindicatos no supieron ver que el obrero clásico, que trabajaba en el metal o en la minería y habitaba los barrios periféricos de las grandes ciudades, había dado paso a trabajadores de características muy diversas y con intereses muy complejos y contradictorios, y que el intento de dirigir esas masas a golpe de consignas y convenios colectivos era como meter una máquina de vapor por las vías del AVE.

Pero la puntilla vino de la corrupción interna de los aparatos sindicales, que, lejos de servir de contrapunto a la crisis de la clase política, imitaron asquerosamente sus vicios, y cayeron estrepitosamente en todos sus errores. Y para decir esto no es necesario recurrir ni a las viejas historias de la PSV, ni narrar los concretos manejos de la UGT de Andalucía. Porque, incluso reconociendo que CC.?OO. está a años luz del abismo en el que ha caído la UGT, la idea de que la corrupción tiene bloqueada la acción sindical es una de las terribles evidencias surgidas de la crisis.

Algunos dirán, porque son unos benditos, que es necesaria una regeneración. Pero yo creo que, a la espera de un nuevo modelo que nadie vislumbra, el sindicalismo español es un enorme montón de chatarra.