Inmigrantes e inmigración


No resultan infrecuentes en la crónica de sucesos los asaltos violentos a la frontera española de grupos subsaharianos que se enfrentan a golpes con la policía que intenta evitar su entrada ilegal en territorio europeo, o tragedias como las de Lampedusa y el desierto de Níger. Coincidentes con estos hechos, se incluyen noticias de peleas de ilegales manteros subsaharianos con la policía municipal que intenta defender las leyes que protegen el comercio local y las marcas comerciales.

Es evidente que la solución a este problema no es la actual, consistente en retenerlos, ingresarlos en un centro de internamiento temporal, devolverlos a su país o liberar a aquellos a los que ha sido imposible averiguar su procedencia en el plazo fijado por la ley porque ni la facilitan ni portan documentos que lo certifique, esparciéndolos por el territorio nacional según cuotas insondables y consintiendo que se ganen la vida con prácticas ilegales que además perjudican a los comerciantes que tienen licencia y pagan impuestos.

En paralelo, algunos medios de comunicación, influenciados por determinadas oenegés y amables colectivos, siembran de buenismo la opinión pública para convertir a los ciudadanos en verdugos de un sistema político y económico que tachan de criminal, y en víctimas de ese sistema a los subsaharianos.

Esta política genera diversas reacciones, siendo la más peligrosa la que aumenta el racismo y la xenofobia de los más débiles y menos preparados, que constatan diferentes pesos y medidas de los poderes públicos entre ellos y los que llaman despectivamente «negros». Y para comprobar lo que digo basta con hablar en pueblos y barrios con miembros de oficios menesterosos y sus familias, o constatar los votos que recolectan cada día las formaciones xenófobas europeas de viejo y nuevo cuño.

¿Hay otra política posible? Quizás una entre la UE y los países de procedencia que conlleve flexibilizar los flujos legales, implicarlos en el control fronterizo, cumplir las leyes -endurecidas si es menester-, perseguir a las mafias que se lucran con esta nueva trata de negros (y también de blancas), y fijar la población en su terreno mediante políticas internacionales transparentes y controladas que aceleren el desarrollo económico, social y político de los países que son granero para esas organizaciones criminales.

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