Lampedusa y el frío


Los cadáveres enfrían rápido. Son de cera helada. Y este texto es mejor dejarlo enfriar para no caer en los lugares comunes de poner cadáveres sobre muertos y organizar una montaña de indignación que como casi todas terminan en nada. El naufragio de Lampedusa fue atroz. Pero fue otro más. Y ahí duele. Como dijo la excomisaria europea, ¿qué sucederá en Somalia y Eritrea para que adultos y niños se jueguen sus vidas cruzando África en manos de mafias y para que se suban en barcos y botes que navegan con la muerte en la quilla? Pues que las condiciones de vida son un infierno. Solo eso te empuja a aventurarte en otro infierno. Si le sumamos que la costa de Libia tras la cruzada occidental es un perfecto punto de arranque para que los inmigrantes se hagan a la mar mientras la escasa autoridad que hay cobra y mira para otro lado tenemos la tragedia servida. Escuchamos cómo un miembro de una oenegé europea dice que no entiende cómo la Unión Europea puede tirarse meses debatiendo sobre la fecha de caducidad de los yogures y no es capaz de hablar en serio y de llegar a acuerdos con Somalia, con Eritrea, con Libia, para frenar esta hemorragia de vergüenza. Es fácil de comprender: la fecha de caducidad de los cadáveres de los inmigrantes es más corta que la de los yogures. Así de lamentable.

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Lampedusa y el frío