La consagración del economista contemplativo


Eugene Fama nació en Boston hace 73 años. Nieto de emigrantes italianos, de joven fue uno de los atletas más destacados del estado de Massachusetts y una placa con su nombre aún reluce en el Hall of Fame del Instituto Católico de Malden, la pequeña localidad de Nueva Inglaterra en la que se crio. Su buena planta en las pistas de atletismo le abrió las puertas de la Universidad de Chicago, donde tuvo una fulgurante carrera como aspirante a economista: con apenas 25 años publicó su tesis doctoral, en la que equipara a la economía con ciencias exactas como la física o la química, y defiende que los mercados de capitales se comportan de forma racional, asimilan toda la información con la máxima eficiencia y son capaces de fijar con la precisión de un orfebre los precios reales de las cosas en base a los vaivenes de la oferta y la demanda. En los últimos 50 años, Fama ha sido uno de los máximos exponentes de la Escuela de Chicago, la corriente de pensamiento económico más influyente en el siglo XX, y que consagra el libre mercado por encima de todas las cosas. La pasada semana fue galardonado, junto a su colega de Chicago Lars Larsen, con el Nobel de Economía.

Robert Shiller nació en Detroit a mediados de los años 40, cuando la industria del acero y el automóvil gobernaban el mundo y la capital de Míchigan era lo que son hoy Bangalore o Silicon Valley. Descendiente de lituanos, Shiller supo escapar a tiempo de Detroit, antes de que las grandes deslocalizaciones de la industria pesada convirtieran la ciudad en uno de los mayores ejemplos de la pesadilla americana. Shiller se formó en el MIT de Boston, y como docente ha pasado nada más y nada menos que por la Wharton School de Pensilvania, la London School of Economics y la Universidad de Yale. A lo largo de su carrera se ha dedicado con ahínco a intentar demostrar que los mercados de capitales son imperfectos, que detrás de cualquier decisión aparentemente racional está la siempre irracional psicología humana, y que los métodos de valoración de los activos financieros parten de supuestos que muchas veces son imposibles. En los años 2000 y 2005 publicó en dos entregas una obra considerada profética. En la primera entrega alertaba de la burbuja de las puntocom. Cinco años después advirtió de que los precios de la vivienda parecían peligrosamente inflados y se avecinaba un batacazo aún peor. La pasada semana también fue galardonado con el Premio Nobel de Economía.

Podríamos investigar qué fuman los miembros del jurado de los Nobel. Aunque también cabría pensar que con esta alegre ambivalencia nos vienen a decir que el libre mercado comete errores imperdonables, sí, pero también que esto es lo que hay. Que aunque haya borrón, no habrá cuenta nueva. No deja de ser un homenaje a la figura de los economistas como profesionales contemplativos, médicos forenses incapaces de explicar, y mucho menos remediar, nada que no haya ocurrido aún.

En los últimos tiempos, el mundo de la teoría económica nos ha regalado dos grandes augurios. Hace cinco años, en octubre del 2008, cuando la caída del gigante bancario Lehman Brothers hizo tambalear las finanzas mundiales y dejó al descubierto del gran público en manos de quién estábamos realmente, alguna de las principales voces de la economía mundial hablaron del fin del capitalismo salvaje, de un nuevo Bretton Woods que fijaría severas reglas en los mercados financieros y metería en cintura a la banca, y de un nuevo orden económico basado en crecimientos sostenibles, reglas de comercio justo y sectores productivos que ayudarían a mejorar el planeta en vez de a destruirlo.

Recientemente, en el sur de Europa nos advirtieron de que los tiros iban en otra dirección. Como unos pocos habían vivido por encima de nuestras posibilidades, estamos endeudados para varias generaciones y vivíamos en una inmensa burbuja, tocaba ser más pobres. De modo que debíamos prepararnos para una devaluación interna, con bajadas de sueldos, subidas de impuestos y demolición incontrolada del Estado de bienestar y sus servicios públicos básicos. No hacía falta pertenecer a la Escuela de Chicago ni tener una cátedra en Yale para acertar qué pronóstico tenía más opciones de hacerse realidad.

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