El fruto de la mayoría absoluta


Ni la Unión del Pueblo Navarro, oigan. Ni tampoco el Foro Asturias. No son más que dos gotas de agua en el océano parlamentario, pero podrían evitar la sensación de soledad. Y hasta esos dos aliados habituales del Partido Popular le negaron su apoyo al ministro Wert. La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa salió del Congreso como fruto de una sola voluntad: la del rodillo de la mayoría absoluta. No es la mejor vitola para la educación, que pedía a gritos el consenso. Pero una vez más ha sido imposible. Esta norma nace con el pecado original de la imposición numérica y el dudoso destino que le augura el compromiso de todos los demás partidos de derogarla en cuanto haya cambio de mayoría.

¿De quién es la culpa? Según José Ignacio Wert, de la oposición: ningún grupo parlamentario ha querido negociar. Yo no tendría tanta seguridad, porque la oposición ha presentado 770 enmiendas, y no llegaron al 5 % las aceptadas por la mayoría gobernante. El señor Wert tenía muy claro su modelo educativo y no estaba dispuesto a ceder nada que no fuesen aportaciones que coincidieran con su ideología: que el idioma castellano sea vehicular en toda España o que los profesores sean autoridades públicas. Esas ideas habían sido expuestas por Esperanza Aguirre, Rosa Díez las asumió, y el PP no tuvo inconveniente en comprarlas. Pero ni así la propia Rosa Díez se animó a votar sí. Votó no, igual que la izquierda y los nacionalistas. Solo lo podemos lamentar.

Naturalmente, una ley de educación que no consigue una sola adhesión es difícil que se acepte como una buena ley. Al señor Wert le puede parecer perfecta, capaz de arreglar el fracaso escolar y el bálsamo de Fierabrás para obtener una mejor posición en el informe PISA. Pero el rechazo político será un antecedente del rechazo social y, por tanto, tendrá una aplicación conflictiva por las protestas anunciadas y la amenaza catalana de no aplicarla.

Pero hay algo peor: esta ley nace sin debate social y con el debate político prostituido. No hubo una exposición seria ni serena de sus avances, ni de sus reformas, ni de por qué se hacen. El ministro lo basó todo en arreglar el fracaso escolar, y la oposición se enrocó en la separación de sexos, las asignaturas de Educación para la Ciudadanía y Religión, o los privilegios de la enseñanza privada. Eso es todo lo que percibió la mayor parte de la sociedad no dedicada profesionalmente a la educación. Hubo demasiada ideología, demasiados prejuicios, demasiada demagogia con los obispos y demasiada necesidad de «españolizar a los niños catalanes». ¡Qué pena! Hoy deberíamos estar celebrando una ley de concordia, y la política de partido nos lo impidió. Una vez más.

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El fruto de la mayoría absoluta