La universidad, diez años después


Hace ahora diez años que dejé el rectorado de la Universidad de A Coruña. Me cuidé de no interferir lo más mínimo en lo que afectase a la gobernanza de la universidad en cualquiera de sus niveles. Tampoco se me pidió colaboración alguna en ese sentido. De mi paso por la etapa fundacional quedan algunas placas en edificios y, para la pequeña historia, el testimonio de varios libros y un elegante folleto gráfico informativo bajo el lema «Hac luce», en referencia a la torre de Hércules. Era «unha universidade nova». A pesar de ello su rector fue fundador de la CRUE y su primer vicepresidente, así como director del Centro Español Universitario de Relaciones Internacionales. En esa función pude seguir el proceso de Bolonia desde su comienzo en 1999 hasta el año 2003.

En el discurso pronunciado entonces en la apertura oficial del curso universitario de las universidades gallegas me referí a lo que realmente era y se pretendía con el citado proceso. Se trataba de facilitar la movilidad de estudiantes por la equivalencia de los estudios y de los profesores. De estructurar las carreras en dos niveles. El primero, el grado, presidido por el criterio de la employability: estar en condiciones, al término de ese primer nivel, de acceder a un puesto de trabajo. El segundo, de vocación profesional o académica, correspondía a la especialización o profundización con el criterio de la calidad y la diversidad, para prestigiar la marca europea en un mundo de creciente competitividad.

La implantación en España dista mucho de lo pretendido. Es unánime la aceptación de la movilidad. La concepción y la finalidad del grado han sido desvirtuadas. Bolonia no imponía carreras de cuatro años. El criterio de la empleabilidad se cumplía en las escuelas universitarias con carreras de tres años. La aspiración comprensible de los profesores de esas escuelas por acceder al doctorado, antes cortada, se cumplía cursando un número mayor de créditos que los licenciados. El problema de la duración real de esas carreras, superior a la oficial, habría de resolverse en los planes de estudio, competencia de la universidad, con el aligeramiento del contenido de materias que excedían de la naturaleza específica de aquellas. En la decisión política de homogeneización tuvo que ver el interés electoral del Gobierno y de los propios rectores. Nada se decía en Bolonia sobre el tipo de enseñanza impuesto, sin los medios necesarios, que ha llevado a la aberración de que los profesores han de repetir varias veces lo mismo a grupos artificialmente divididos. El resultado ha sido desmoralizador para el profesorado, agobiado por la burocratización. Bolonia daba especial relevancia a los joint masters, todavía en mantillas.

Los principios inspiradores del espacio europeo de enseñanza superior, expuestos hace diez años para construir el futuro, no han sido aplicados correctamente. El tiempo vale para madurar o para pudrir el fruto; es la distancia que media entre el éxito y el fracaso, concluí citando a Shakespeare.

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