Antes de dejar de ser Galicia

José Luis Gallego TRIBUNA

OPINIÓN

30 sep 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

E l bosque es la mayor hacienda de un pueblo, el tesoro más preciado para sus gentes. Pocos espectáculos resultan tan bellos como el paso de las estaciones en él, especialmente en otoño. En estos días uno se embelesa, la mirada en alto, al ver los bandos de torcaces sobrevolando las copas verdes de los árboles por las que trasluce el cielo anaranjado. Vibra con la ilusión de un niño al entrar en la arboleda y ver cómo se yerguen los primeros nízcalos y rebozuelos de la temporada, cómo brillan las castañas entre la hojarasca o lo bien que huele el musgo tras la lluvia.

Cuando uno ama al bosque toda arboleda le parece poca. Quisiera que fueran más los robles, más las hayas, los quejigos, las encinas. Más los castaños, los nogales y los sauces junto al río. Por eso desearía que todos los paisajes fueran gallegos. Que un manto verde se extendiera por todas partes y cubriera la piel cuarteada y reseca de esta antaño boscosa península por la que, dicen, cruzaba saltando de copa en copa la ardilla de Estrabón.

Porque Galicia es el bosque, y el bosque es Galicia. Por eso los que amamos el bosque, vivamos donde vivamos, siempre estamos con el rabillo del ojo mirando a Galicia. Menos ahora. Ahora la miramos de frente. Nos desayunamos cada día abriendo La Voz y nos acostamos visitándola por última vez. Y créanme, es insufrible leer esta crónica constante del fuego, este arboricidio con el que día tras día nos levantamos y nos vamos a dormir. Mañana cesará -pensamos-, seguro que encuentran solución. Y no. Ahí siguen los terroristas forestales, los aparceros de las cenizas, día tras día, empeñados en que Galicia deje de serlo.