Mi hija Hildegart

El juez Ventura Pérez Mariño recuerda la historia de la feminista Aurora Rodríguez, que mató a su hija para que nadie destruyese su obra


Ventura Pérez Mariño

La muerte de Hildegart a manos de su madre convulsionó a la opinión pública de la España de hace ochenta años. Pero el sustrato se había venido fraguando de años atrás. La gallega Aurora Rodríguez Carballo decidió tener una hija de soltera con el fin de cambiar el papel de la mujer en la sociedad por medio de ella. Y se buscó un hombre para concebir y eligió a un sacerdote que, obviamente, nunca se la reclamó. Aurora acertó y dio a luz a una niña a la que educó de forma rígida, encaminado todo ello a buscar el prototipo de la nueva mujer. La niña Hildegard salió superdotada y a los tres años sabía escribir y aprendía simultáneamente inglés, francés y alemán. A los trece terminó el bachillerato y derecho a los dieciocho, desarrollándose física e intelectualmente.

Aurora tenía miedo de que su hija se escapase de su control y desarrolló comportamientos paranoicos, llegando a creer que una conspiración internacional quería secuestrar a Hildegardt. En tal tesitura pensó que era mejor destruir su obra, su hija, antes de perderla o que esta se apartase de ella. Y así, en 1933, cuando Hildegart dormía, la mató de varios tiros, para confesar su autoría acto seguido.

La opinión pública de los años treinta y los propios psiquiatras que informaron en el juicio estuvieron divididos entre demencia y normalidad (en el juicio, Aurora no solo reiteraba su autoría sino que decía que lo volvería a hacer).

Ochenta años después, Asunta Basterra, una niña española de origen chino, ha aparecido muerta de forma violenta, al parecer asfixiada. Todas las sospechas apuntan en una dirección, que ha llevado a la policía investigadora a detener a la madre de la menor, lo que sin duda no se hace si esas sospechas existentes no tienen firme fundamento. Son la policía y posteriormente el juez los únicos legitimados para hablar a través de sus determinaciones.

Pero sea quien sea el autor o autora del crimen, lo probable es que estemos en presencia de un enfermo. No puede entenderse que alguien desde la normalidad pueda matar a un niño, máxime si la autopsia, al parecer, ha descartado agresiones sexuales, que en la mayoría de los casos son la razón de la violencia. De ser así, descubierto el autor del crimen, el debate se centrará en la imputabilidad del criminal, entendida esta como capacidad de culpabilidad; dicho de otra forma, determinar si el autor tiene capacidad de entender y de querer; capacidad de comprender y valorar la ilicitud del hecho y actuar según esa apreciación.

La inimputabilidad lleva a un hospital psiquiátrico; la imputabilidad, a la cárcel, de quince a veinte años si se trata de un asesinato.

El hecho del crimen en sí no puede ser más terrible, pero aún se puede ampliar el horror según quien sea el autor. Entretanto, sacar conclusiones es inoportuno.

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