Cataluña en el futuro


Somos muchos los gallegos con fuertes ligazones emocionales, culturales, económicas y políticas con Cataluña. Uno no puede olvidar que una gran parte de la modernización, industrialización e innovación de Galicia está vinculada a una naciente burguesía de origen en los fomentadores catalanes, los emigrantes vascos y vasco-franceses o los cameranos. Mas allá de la sublevación de xeiteiros contra xábegas, o incluso de quienes han podido interpretar tales asentamientos como expoliadores de nuestra riqueza, está asentado con rigor, desde los trabajos de Xoán Carmona entre otros, que la Galicia actual, con sus luces y sus sombras, es deudora de tales capacidades de emprendimiento. Junto con la aportación sobresaliente de tanto indiano retornado luego de sus trabajos en la emigración americana, y la de tantos gallegos que asumieron Cataluña, Madrid, País Vasco y otra Europa como países de vida. En este encuadre cierto, donde se entienden España y sus ciudadanos, asistimos con preocupación expectante a la Diada catalana y a los tiempos posteriores.

Con los catalanes empreyats, en caracterización de Enric Juliana, visibles en la Diada desbordada del pasado año y la subsiguiente deriva de confrontación, muchos ciudadanos, más allá de quiebros jurídicos, somos partidarios de un nuevo consenso para una organización territorial y económica del Estado más equilibrada que la que se deriva de los privilegios forales del País Vasco y Navarra. Posibilidad de entendimiento que empezó a quebrarse con la sentencia demoledora del Tribunal Constitucional del Estatuto de Cataluña, sancionado por los catalanes y el Parlamento español.

Lo sucedido desde entonces ha alterado gravemente la sensación de marginación de los catalanes en el Estado y ha dinamizado una tensión español-catalán en Cataluña hasta extremos que afectan a las relaciones entre sus propios ciudadanos.

Encontrándonos ahora con una grave crisis en los partidos centrales catalanes (CiU y PSC), una crisis económica con recortes de gran envergadura, endosados al «España se queda con lo nuestro» y, como consecuencia, una escasa y maltrecha capacidad de negociación y entendimiento, a la que no contribuye la filtración de los encuentros privados entre Rajoy y Mas y que dificulta la aparición, en vísperas de la Diada catalana, de tres bomberos incendiarios: el honorable Mas y su utilización torticera del sueño contra la segregación racial de Martin Luther King; el ministro Margallo y su nacionalista interpretación de la Constitución reduciéndola a tan solo dos artículos; y la argumentación sectaria sobrevenida de un singular y extraño presidente del Tribunal Constitucional -¿el árbitro?- descalificadora de los ciudadanos catalanes. Tres pies para un banco, España, que nos impiden confiar en el futuro.

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