¿Cadena humana?: ¡nunca mejor dicho!


Si en 1979 no se hubiera aprobado un Estatuto que daba a Cataluña una autonomía muy superior a la que tuvo entre 1932 y 1935; si esa autonomía no se hubiese ampliado extraordinariamente desde entonces por efecto de la acción de sus instituciones, de la doctrina proautonomista del Tribunal Constitucional y de la aprobación de un nuevo Estatuto, de corte confederal, en el 2006; si no hubiera ocurrido todo eso y Cataluña fuera hoy la región de un Estado centralista sometida a los dictados de Madrid, quizá sería explicable la reivindicación secesionista de la pasada Diada y de la que hoy se celebra con el objetivo de unir con una cadena humana proindependencia el norte y el sur de Cataluña.

Y es que si los nacionalistas no hubieran obtenido plena satisfacción a los anhelos que llevan planteando desde el último tercio del siglo XIX, podría entenderse que no les quedase otra salida que exigir la independencia de un Estado que, en ese caso, los habría maltratado en sus aspiraciones y objetivos.

La realidad es muy otra, sin embargo. Cataluña goza de una de las autonomías más amplias de las existentes en los Estados federales europeos. Mucho mayor, por supuesto, de la que jamás soñaron Maciá, Companys o el Pujol previo a su enajenación mental soberanista.

Por eso, que en un territorio que puede gobernarse con un altísimo grado de autonomía desde hace más de treinta años en el Estado al que pertenece desde hace varios siglos haya cientos de miles de ciudadanos obsesionados con la independencia no puede ser sino la consecuencia de un proceso de manipulación ideológica tan formidable como escandaloso.

Hoy habrá una cadena humana en Cataluña que lo será, por eso, en el pleno sentido de la palabra: porque miles de catalanes mostrarán hasta qué punto están encadenados por una ideología que la irresponsable élite nacionalista y la cobarde élite socialista han llevado al paroxismo, metiendo a una sociedad entera en un callejón sin más salida que un conflicto insoportable con el Estado y el país en el que la inmensa mayoría de la sociedad catalana se encontraba integrada sin problemas hasta no hace tanto tiempo.

De nuestra Constitución podría decirse, por eso, lo que de la de 1931 dijo Azaña en las Cortes en el debate del Estatuto catalán de 1932: que «permite resolver en fórmulas de armonía y de colaboración las divergencias históricas peninsulares». Pese a ello, la Generalitat se insurreccionó violentamente contra el Estado en 1934 y pretende ahora abrir un proceso soberanista para el que ha conseguido un apoyo social que nace de la manipulación más zafia de cientos de miles de personas. Muchas participarán hoy en una cadena por la independencia. Es lógico: están encadenados a una obsesión creada artificialmente porque quienes piensan gobernar a su costa para siempre.

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