¿Por qué no protestamos contra la guerra de Siria?


El inminente bombardeo de Siria tiene demasiados puntos en común con la guerra de Irak: un tirano inaceptable y una insurgencia que da aún más miedo; la coartada de las armas químicas, que vuelve a oler a chamusquina, porque si en este caso sí está claro que las hay y se han usado, no hay consenso sobre quién lo ha hecho; unos inspectores de la ONU utilizados como figurantes de Hollywood; Bruselas y Naciones Unidas siguiendo el partido por televisión; unas potencias y unos intereses geoestratégicos que son los de siempre, y una población civil, con una cultura milenaria, que está a punto de ser masacrada.

Pero hay al menos tres razones que explican por qué la reacción de Occidente, y sobre todo de la sociedad civil europea, no se parecerá en nada a la que se produjo hace diez años: En primer lugar, porque en la Casa Blanca manda ahora el Premio Nobel de la Paz. Y aunque los intereses, las estrategias y las políticas exteriores sean casi los mismos, a Obama le consentimos cosas que de ser obra de los Bush provocarían protestas multitudinarias en todo el mundo.

Quizás también protestamos menos porque estamos a otras cosas. Hace diez años, cuando EE.?UU. bombardeó Irak, vivíamos plácidamente recostados en una burbuja de abundancia, en España apenas había millón y medio de parados, y la sociedad civil occidental, atacada en el 11-S y atacada después por las sucesivas respuestas de la Administración Bush, decidió convertir aquella guerra en algo propio, en una causa por la que luchar.

Ahora quizás nos hemos rendido. En la utopía de la burbuja, mucha gente pensó que saliendo a la calle lograría parar la guerra. Diez años después, la guerra está en casa y la estamos perdiendo. Asistimos a una voladura controlada de instituciones sagradas como la sanidad o la educación. Como ciudadanos, casi hemos perdido la potestad de cambiar gobiernos que no hacen lo que queremos o que son pillados con la mano en el cajón. Si no logramos evitar que nos quiten el pediatra del ambulatorio, qué pintamos opinando sobre Siria, parece decirnos nuestro resignado subconsciente colectivo.

La tercera razón, la que nos lleva a estar más pendientes del fichaje de Bale que del inminente ataque a Siria, es mucho más dramática. En estos últimos diez años hemos experimentado los mayores cambios tecnológicos de la historia de la humanidad. Llevamos en el bolsillo un aparato conectado al resto del planeta, una suerte de gotero que nos suministra la pócima mágica del conocimiento, toneladas de textos, datos e imágenes sin digerir. Y estamos tan ebrios de información, que creemos que ya lo hemos visto todo. Y que Siria merece poco más que un tuit.

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