Que alguien pare el culebrón de Gibraltar


Durante este verano he tenido el placer de compartir mis vacaciones con amigos procedentes del Reino Unido. Excelentes personas que han recibido una cuidada educación en su país y a las que considero muy bien informadas. Durante nuestras intrascendentes conversaciones ha surgido de manera natural en varias ocasiones la cuestión de Gibraltar, convertida en la serpiente informativa de este verano. En esas charlas amigables a la hora del aperitivo o al calor de una copa de vino, me ha sorprendido sin embargo la vehemencia con la que mis amigos británicos daban por buenas algunas informaciones que resultaban ser, casi en su totalidad en lo que afecta a Gibraltar, absolutamente falsas. Argumentos como el de que el Gobierno español ha provocado la muerte de varias personas obligadas a esperar al sol en colas injustificadas para poder abandonar el Peñón o incluso el de que este conflicto se ha originado por el intento de España de reconquistar por la fuerza Gibraltar, lo que supuestamente lo equipara al que enfrentó a Gran Bretaña y Argentina en la guerra de las Malvinas, eran expuestos sin asomo de intención de exageración. Sorprendido ante tales barbaridades salidas de la boca de quienes considero personas cultas, solicitaba a mis compañeros de ocio las fuentes en las que basaban sus argumentaciones. A regañadientes, acababan por reconocer que habían leído, visto o escuchado tales informaciones en medios británicos. Y no exclusivamente en tabloides amarillistas, por cierto. Argumentos tan pedestres como los que yo he leído en no pocos periódicos españoles.

Pero mi reflexión sobre este asunto quiere ir más lejos del papel de los medios y pretende centrarse en la capacidad que tiene este espinoso y anacrónico problema para exacerbar los sentimientos de británicos y españoles. En esos animados diálogos, yo mismo me he sorprendido en ocasiones levantando la voz más de la cuenta o golpeando con los nudillos encima de la mesa para defender mis explicaciones. Algo de lo que solo puedo sentirme ahora avergonzado. Ante un asunto de una enorme complejidad, tendemos todos a simplificar en exceso y a hablar más de la cuenta de lo que no sabemos. Y así han surgido de pronto miles de expertos en la cuestión del Peñón. Cualquier mindundi pretende ahora explicarte lo que dice el Tratado de Utrecht, analizar su vigencia legal o sermonearte sobre la legislación internacional en lo que afecta a las aguas territoriales. Convendría que alguien parase este culebrón y que las autoridades británicas y españolas no contribuyeran a la banalización de un asunto que, sin ser ni haber sido nunca grave, puede acabar siéndolo si continúa esta espiral de estupidez. Y no estaría de más, tampoco, que alguien nos explicara por qué ha habido que esperar a que los gibraltareños cometan un atentado ecológico para empezar a investigar el desmadre fiscal de Gibraltar.

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