¿Por qué Obama no quiere entrar en Siria?


Obama no quiere complicaciones. En su segundo mandato desea centrarse en su principal preocupación desde que llegó al poder: reflotar la economía norteamericana, reducir el paro y avanzar en los dos frentes utópicos de los demócratas: prohibir el uso de armas y reorganizar el sistema sanitario. Lograda la retirada de tropas de Irak y en marcha la de Afganistán, lo último que desea es otra aventura bélica que ponga en jaque el presupuesto estatal, aunque ello beneficie al poderoso lobby de la industria militar. Además, eliminado el enemigo uno del mundo, Bin Laden, aún debe solucionar la cuestión de los presos de Guantánamo. Intervenir de manera directa en Siria no es una buena opción: demasiado costosa en términos diplomáticos, dadas las difíciles relaciones con Rusia, en vidas humanas y en dinero. Sería como meter la mano en un avispero. Sin embargo, no hacer nada para ayudar a una población que sufre martirio desde hace dos años tampoco es asumible para un premio Nobel de la Paz. Las alternativas son limitadas y complicadas por la fragmentación de la oposición, la falta de un líder y el peligro del islamismo terrorista. Lo más razonable sería imponer un gobierno provisional de tecnócratas que lideraran la transición bajo supervisión de la ONU y con la colaboración de la comunidad internacional, siempre y cuando se garantice la seguridad ciudadana purgando las fuerzas de seguridad leales a Bachar sin repetir el caos de Irak. Para lo que, además habría que combatir, y esto es difícil, los intentos desestabilizadores mediante atentados terroristas de Hezbolá e Irán. Misión imposible.

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