Siria, armas químicas, ¿sí o no?


Cada vez que tengo que analizar un capítulo nuevo en la guerra civil en Siria no puedo evitar las analogías con la del Líbano, que duró más de 15 años, o la invasión de Irak, que lo ha sumido en el caos desde el 2003, todos desastres derivados de la forzada construcción de estos Estados en función de los intereses británicos y franceses tras la Primera Guerra Mundial. El conflicto civil sirio iniciado en el 2011 es la consecuencia del estallido popular contra la larga dictadura de una minoría, la alauí, sobre el resto de la población caracterizada por su diversidad étnica, religiosa y social -cristianos y musulmanes, suníes y chiíes, drusos, árabes, kurdos, etc.- y por la ausencia de una alternativa política unificada.

A diferencia de Libia, donde la comunidad internacional no dudó en intervenir al poco del levantamiento rebelde en Bengasi contra Gadafi; o en Irak, donde, con la excusa de la existencia de armas de destrucción masiva, una coalición internacional arrasó el país, Siria no cuenta con yacimientos de hidrocarburos con los que pagar la factura militar de una intervención. Además, la fragmentación de las facciones rebeldes opuestas a Bachar, la ausencia de un líder capaz de dirigir una hipotética era posalauí y la infiltración de terroristas entre sus filas no alientan el desenlace a su favor por si su victoria sumiera al país en el desgobierno. Ello, unido a la crisis económica internacional y a que Obama no es un presidente de «gatillo fácil» como Bush, está retrasando cualquier posible actuación directa.

Dado el rechazo tajante de Rusia, China e Irán, fervientemente interesados en mantener el statu quo, el primero para conservar una punta de lanza en Oriente Próximo y seguir vendiendo armas, el segundo también por el negocio, y el tercero por impedir que la comunidad musulmana sea dominada por el sunismo, sus rivales, la única manera para obtener el beneplácito del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a una intervención sería probar, de manera indubitada, la utilización de armas químicas por el régimen sirio, de las que sí consta su existencia a diferencia de lo ocurrido en Irak.

Por eso, las recientes imágenes de los muertos y agonizantes, supuestamente por un ataque químico, mientras no sean verificadas no ayudan a tomar una decisión. No parece probable que el Gobierno de Bachar, que vuelve a dominar la guerra, sea el responsable, pero su oposición a que se compruebe alienta a pensar lo contrario. Por otra parte, es mucha casualidad que se haya producido justo cuando acaba de llegar a Siria una comisión de investigación de la ONU. Podría ser obra de algún grupo terrorista islamista, pero, dado su interés en que continúe el conflicto para instaurar su régimen en las zonas conquistadas, una intervención extranjera solo les perjudicaría. Mientras se resuelven las incógnitas, crece la cifra de muertos, heridos y desplazados y se mantiene la inestabilidad con el consiguiente riesgo de contagio y de un estallido bélico regional.

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