La Asunción de María


No hay rincón de la geografía nacional en la que hoy no haya misa solemne, procesión, sesión vermú, fuegos artificiales, comida familiar y verbena. Si hubiera que señalar en el calendario un día mariano, sin duda ese es hoy. Más allá de costumbres y tradiciones inveteradas, hoy se honra la sencillez, la humildad y la servicialidad encarnadas en grado sumo en una mujer que vivió hace algo más dos mil años en Palestina. Ojalá que no lo olvidemos, porque, ciertamente, son virtudes muy necesarias para la cultura actual.

El pasaje del evangelio de Lucas que se lee hoy en la misa es de los más hermosos. En él vemos a María atenta no a sus propias necesidades sino a las de su prima Isabel, embarazada como ella. Y no duda en salir de su casa para ir a atenderla. Y eso las llena de alegría, a ambas: el egocentrismo produce el efecto contrario. Viene luego lo que se conoce como el Magnificat, el gran único gran discurso de María. En él, una frase absolutamente memorable: «Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos». Espero que el ruido de la fiesta no impida escuchar estas nobles palabras.

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