Lotería catalana: el gordo... y el flaco

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

14 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El mismo día en que, hace una semana, vi en televisión a Artur Mas justificar su decisión de crear un sorteo de lotería de Navidad en Cataluña -explicaciones que no dejaban claro si lo autonómico era la Navidad o era el sorteo-, tuve ocasión de seguir otra información en el mismo noticiario.

A cuenta de no recuerdo muy bien qué, Obama comparecía en la Casa Blanca y lo hacía, como sus antecesores, flanqueado por dos banderas: a su derecha, la de las barras y estrellas; a su izquierda, una enseña azul en la que aparece el sello de EE.?UU., con un águila que porta en su pico uno de los dos lemas de la Unión (E pluribus unum), lema que podría traducirse por «De muchos, uno» y que simboliza, desde su adopción a finales del siglo XVIII, la voluntad de los estados de la Unión de vivir juntos conservando al tiempo su capacidad de decisión.

La sucesión de ambas noticias hizo que la justificación que Mas aportaba para su nueva lotería resultase completamente peregrina. Y es que según él, la cosa consistía en algo muy sencillo: que lo que gastan los catalanes en lotería de Navidad se quede en Cataluña. Dicho de otro modo: nosotros a la nuestro y a los demás que les den morcilla, pues nada tienen que ver con nosotros los otros españoles, pese a llevar viviendo juntos y compartiendo con ellos Estado, historia y lengua desde hace varios siglos.

A cualquier norteamericano, habitante del más antiguo y profundo Estado federal existente en el planeta, la explicación de Mas le parecería alucinante, pues no entendería por qué sería mejor para él que su dinero (el procedente de la lotería o cualquier otro) se quedase en su propio territorio en lugar de ir a conformar los fondos federales que garantizan la igualdad entre los norteamericanos.

De hecho, el mismo Mas que quiere que los beneficios públicos que reporta el sorteo de Navidad se queden en Cataluña no duda en acudir, cada vez que se ve con el agua al cuello, al fondo de liquidez autonómica, para que con el dinero que todos aportamos pueda pagar la Generalitat guarderías, colegios y hospitales.

Mas ilustra, a la postre, por qué el nacionalismo es no solo diferente sino la antítesis del federalismo, pues mientras el segundo persigue el mantenimiento de Estados complejos, el primero no busca sino su destrucción. Y demuestra, por si hiciera alguna falta, que no hace, que con un planteamiento como el suyo ?que no es otra cosa que sectarismo territorial de la peor clase? España, y como España, cualquier otra nación de este planeta, duraría lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Hay quien ve en ello grandeza de algún tipo: yo, sin embargo, no veo ahí otra cosa que egoísmo económico, aldeanismo político y pobreza cultural. Un flaco favor a España y a Cataluña, que otros nacionalistas están, pásmense, encantados de imitar.