El tecnopolita zombi y los monstruos del Pacífico


Se estrena estos días una película de monstruos que surgen del Pacífico (Pacific Rim), muy plausiblemente generados por las aguas radiactivas que vierte Fukushima. Porque no es casualidad que la literatura kaiju japonesa (en la que bebe el director Guillermo del Toro) haya florecido en un país aterrorizado por las bombas nucleares.

En un hoy casi olvidado ensayo titulado La ballena y el reactor, publicado en 1986 por University of Chicago Press (Gedisa 2008 en castellano), Langdon Winner reflexionó, con infrecuente profundidad, sobre los límites que debiera imponerse el hombre en la era de la alta tecnología. Ya entonces denunciaba tanto el silencio del liberalismo como el descuido socialista al acoger sin pestañear cualquier medio (o monstruosidad) tecnológico que pareciera producir abundancia de forma más rápida. «No sabemos hacia dónde vamos, pero estamos en camino», gritaban los que calificó de «tecnopolitas sonámbulos».

Por desgracia hemos cumplido a carta cabal el peor diagnóstico del párrafo con el que Winner cerraba su libro. Sus argumentos siguen siendo abrumadoramente vigentes. En el centro de ellos yo situaría su denuncia sobre la siguiente cuestión: ¿debemos establecer límites al cambio tecnológico, límites que deriven de una idea previa de lo que queremos que sea nuestra sociedad?, ¿sabemos qué formas de tecnología son compatibles con la clase de sociedad que queremos construir?

Se trata de determinar aquellas posibilidades que la sensatez sugiere evitar. Porque, cuando esto no se hace, las aceleradas decisiones tecnológicas se acaban configurando en un vasto sistema interconectado (energético, de comunicaciones, de información, etcétera), en una indómita constitución técnica. Una constitución que se acaba superponiendo a la constitución política. Y nada impide que el resultado sea poco compatible con los principios de igualdad, seguridad, justicia o bien común.

Más allá de comprobar cómo la reciente catástrofe sísmico-nuclear de Fukushima le dio la razón en su oposición a una central nuclear en su tierra de California, su crítica al resbaladizo y neutro concepto de riesgo (frente a sus alternativas vidriosas de peligro, daño o amenaza) resultan, vistas desde hoy, premonitorias: «Todas las fallas de la evaluación del riesgo se volverán en contra de nosotros como venganza».

Si los monstruos que surgen de un océano Pacífico sonámbulo de reactores y explosiones nucleares me parecen metáforas de los daños y amenazas que derivan de la era de la alta tecnología (biológica, genética, energética) en una película de verano, los adversarios que les enfrentamos en esa película (unos robots gigantescos concebidos por científicos y militares) no dejan de ser el patético reconocimiento de que no sabemos adónde vamos, pero que estamos en camino.

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