Con el fondeo de bloques de hormigón en la bahía de Algeciras, las autoridades gibraltareñas lanzaron también varios mensajes de mayor calado: afirmar la soberanía británica en la colonia, consolidar la ampliación de su mar territorial y mantener la campaña de prestigio nostálgico del antiguo imperio. En todo ello Gibraltar es una pieza importante. Actualmente, no hay razones de estrategia marítima y, sin olvidar que en política internacional nada ocurre por casualidad, tenemos que pensar que esta provocación ha sido calculada y meditada.
Podría ser una respuesta a la visita del rey Juan Carlos a los pescadores de Algeciras. Por eso el Gobierno ha tomado muy en cuenta el mensaje que implican los bloques en el mar: que no van a devolver la roca y que continuarán incordiando a España con la colonia.
No les importa que la ONU les diga que tienen que negociar la descolonización de la roca. No les importa que el tratado de Utrecht no mencione aguas de soberanía. No les importa sentarse en el Parlamento Europeo manteniendo la única colonia en suelo de Europa. No, porque piensan que es un derecho histórico que comparten con los holandeses, que también participaron en el expolio, por eso se firmó el tratado en Utrecht (Holanda), y lo más sorprendente es que este caso se da entre dos países aliados en la OTAN y miembros de la UE, sin que sean capaces de negociar un nuevo tratado de amistad y cooperación, como corresponde a naciones del siglo XXI, compartiendo los mismos riesgos y posibilidades económicas y sociales. No en vano en España viven casi medio millón de británicos disfrutando de nuestra hospitalidad.