A los islamistas no les gusta la oposición


Las generalizaciones son peligrosas, porque alientan todo tipo de comportamientos discriminatorios y reacciones violentas. Sin embargo, la prevención que muchos sentían sobre algunos salafistas afines a grupos terroristas y a la radicalización de ciertos segmentos de los partidos islamistas como los Hermanos Musulmanes está resultando acertada.

El asesinato del opositor a los islamistas de Libia, Abdasalam al Masmari, o el del diputado tunecino Mohamed Brahmi, crítico con el Gobierno encabezado por el partido islamista En Nahda -al parecer, con la misma arma automática que segó la vida del sindicalista Chukri ben Aid en febrero de este año-, empiezan a resultar pruebas más que concluyentes sobre el escaso respeto que los radicales islamistas sienten por aquellos que los cuestionan y por la democracia que los ha liberado de la cárcel.

El derrocamiento de la dictadura era el único nexo común entre laicistas -que no dejan de reconocerse como musulmanes- e islamistas en Libia. Logrado el objetivo, las abismales divergencias no tardaron en salir a la luz. Los primeros quieren que se protejan y ejerzan los derechos civiles y democráticos, haciendo de la religión una cuestión personal, y los segundos buscan imponer su interpretación de la sharia y el salto a un Estado islámico que entienden como única solución a los graves problemas económicos y sociales. En Egipto, las diferencias han derivado en un golpe de Estado y el inicio de un conflicto civil. En Túnez, la situación amenaza con seguir por el mismo camino. La historia de la democracia y de las libertades en el Magreb sigue escribiéndose con renglones borrosos y sangrientos.

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