¿Adónde se fueron los muertos?


El accidente de A Grandeira tuvo lugar en una España artificialmente laica. Si fuese en otro tiempo, entre los bomberos, médicos, policías y héroes de Angrois, también se habría presentado un cura, que, sin preguntar por filiaciones ni credos, iría absolviendo a los muertos y moribundos para mandarlos al cielo. Y no solo eso: muchos políticos habrían terminado sus comparecencias pidiendo eterno descanso para los muertos y el consuelo de Dios para sus familias. Y hasta habría médicos que terminarían el parte hospitalario diciendo: «Hasta aquí llega la medicina, y después están los designios del Altísimo».

Pero nada de eso sucedió. En la misa del Apóstol, faltaría más, rezaron por los muertos, porque estaban en su terreno y no necesitaban dar explicaciones. Pero ni siquiera el portavoz del papa, que hablaba desde Río de Janeiro y en un acto en el que la religión toma las calles, se atrevió a romper el guion, y, en vez de pedir una oración por los muertos, pidió? ¡un minuto de silencio! Durante dos días, al amparo del laicismo oficial del Estado y del balbordo de las redes sociales, triunfaron los ritos posmodernos, con silencios, velitas, lacitos y concentraciones -y con el consabido «dondequiera que estén»- a las que nadie se atreve a faltar, como si un estupor ñoño, impotente y carente de significados hubiese desplazado la espiritualidad bimilenaria del mojón occidental de la cristiandad, donde el apóstol Santiago, que le da vida y nombre a la ciudad, in occasu mundi lucen praedicationis infudit.

Pero dos días después, cuando terminó el rito político y los medios y redes sociales empezaron a enfriarse, y cuando al apoyo psicológico ya no daba para más, llegaron las familias, cogieron a sus muertos y, mientras doblaban las campanas, los llevaron a sus iglesias. Y allí, arropados por las comunidades de vecinos y amigos, empezaron a tratar el asunto de acuerdo con la costumbre que hemos heredado de nuestros padres. Rezaron, cantaron y lloraron juntos, convencidos de que son «bienaventurados los que mueren en el Señor, porque sus obras los van acompañando».

Y de repente, como si fuese un milagro, los vivos encontraron consuelo, los muertos descanso, y la gente una explicación -que no es más difícil de creer que otras- en la que todo tiene sentido y todo se orienta al amor y la esperanza. Y la tragedia dejó de ser una fatalidad trágica y sin sentido para convertirse en una parte como otra de la cosmovisión del mundo.

Por eso creo que las imágenes importadas de la tragedia de Nueva York nos hicieron un daño infinito, al cambiar nuestra cultura por algo que nunca llega adonde debiera llegar. Y que hubiésemos actuado mejor si ya desde el principio hiciésemos las cosas como siempre se hicieron. Rezando y acougando con amigos y vecinos entre la iglesia y el cementerio.

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