Todos podíamos haber ido en ese tren


Podemos vivir porque damos por hecho que hay cosas que no van a pasar. Lo traumático es que algo real e inesperado, como un accidente, haga que lo inimaginable se presente en nuestra vida. Lo traumático es que ocurra lo que no podía ocurrir. Por eso trauma y angustia son inseparables. La catástrofe ferroviaria de ayer supone sobre todo un trauma para los supervivientes y para las familias y allegados de todas las víctimas, especialmente de los fallecidos. Pero, de otra manera, el golpe nos ha alcanzado a todos porque cada uno de nosotros, o nuestros seres más queridos, podíamos haber viajado en ese tren. La identificación es inevitable, todos nos vemos reflejados en las imágenes. Podrían ser las nuestras, o las de nuestros hijos, o las de nuestros sobrinos.

En el momento del trauma la ayuda psicológica tiene que ser prudente y humilde. Prudente porque supone estar disponible solo para aquel que la demanda y humilde porque pretender eliminar con técnicas el dolor de los familiares y amigos de las víctimas, además de imposible, sería como intentar eliminar su humanidad misma. En los primeros momentos, a la angustia del acontecimiento imprevisto se une la incertidumbre sobre el desenlace. Por eso, la principal medida terapéutica para los familiares y amigos es obtener una información lo más rápida posible de la situación de sus allegados. Retrasar esa información, aunque se haga sobre la base de un protocolo judicial para evitar errores, puede prolongar la incertidumbre angustiosa de quien ya solo quiere estar seguro de lo que ha ocurrido. Este es el motivo de que los psicólogos especialistas en catástrofes y emergencias, que han estado movilizados y disponibles desde los primeros instantes, urgieran la aparición de las listas de heridos y fallecidos. En esos momentos, nada es peor que la ausencia de una certeza.

El acompañamiento puede ser la única ayuda cuando faltan las palabras. La ausencia de sentido se impone y puede intentar combatirse pensando, de modo obsesivo y culposo, en lo que habría podido evitar estar en ese tren. Son modos de intentar pensar lo impensable. Son modos de intentar situar la historia en el momento anterior a ese acontecimiento en que todo quedó suspendido, congelado. Porque hay instantes que se eternizan, al modo del reloj roto que se detiene para siempre en una hora. Poner en marcha de nuevo ese reloj no es fácil. Lo que es seguro es que, para que la vida no se detenga en ese instante, es necesario que si esta catástrofe es el producto de actos irresponsables (individuales o corporativos) se haga justicia y no solo reparación económica. De no ser así (y tenemos en mente el caso del accidente del metro de Valencia), la herida no podrá cicatrizar jamás.

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